Meditación sobre la Admonición 10.ª de San Francisco

 

Todos nosotros experimentamos continuamente en nuestra vida, también en nuestra vida religiosa, que fracasamos y nos quedamos muy atrás en relación con nuestro deber y con lo que nos fue impuesto mediante la llamada de Dios como una santa obligación. Experimentamos con bastante frecuencia que no cumplimos lo que prometimos en nuestra profesión. En los momentos de reflexión seria y sincera nos vemos obligados a comprobar una y otra vez que sigue habiendo pecados en nuestra vida. Ante el Dios Santo no podemos menos de reconocer y confesar que somos pecadores y hacemos el mal. Si este sincero examen de conciencia nos lleva a reconocer nuestro fracaso y nuestra pecaminosidad, también nos lleva a proceder rectamente como franciscanos y a empeñarnos en «seguir la humildad y pobreza de nuestro Señor Jesucristo» (1 R 9,1). De este recto proceder es de lo que trata san Francisco en su Admonición décima, con la que penetra una vez más en los repliegues recónditos de nuestra vida interior y expone, lisa y simplemente, cosas que ponen al descubierto llagas cuyo conocimiento es frecuentemente doloroso, pero cuya curación es benéfica.

 

«Hay muchos que, al pecar o al recibir una injuria, echan frecuentemente la culpa al enemigo o al prójimo.

 

»Pero no es así; porque cada uno tiene en su dominio al enemigo, o sea, al cuerpo, mediante el cual peca.

 

»Por eso, dichoso aquel siervo que a tal enemigo, entregado a su dominio, lo mantiene siempre cautivo y se defiende sabiamente de él; porque mientras hiciere esto, ningún otro enemigo visible o invisible le podrá dañar» (Adm 10).

 

 

 

I. CON CRISTO VENCEMOS EL MAL
QUE HAY EN NOSOTROS

 

«Hay muchos que, al pecar o al recibir una injuria, echan frecuentemente la culpa al enemigo o al prójimo».

 

Con estas palabras se denuncia un peligro derivado del hecho de no comportarnos rectamente en la situación antes descrita. Hay personas, también religiosos, que con toda claridad reconocen que pecan, que fracasan, que obran mal. Son conscientes de que su vida, su vida religiosa, no se acopla a lo que asumieron como un deber en el momento de su bautismo y ratificaron el día de su profesión. Incluso reconocen abiertamente que son unos fracasados. Pero aquí viene el peligro: no se echan la culpa a sí mismos, sino la echan a los demás, al diablo o a otras personas. Así, atribuyendo la culpa a los demás, pretenden disculparse a sí mismos. Quieren, con ello, lavarse las manos y responsabilizar a los demás de sus propios fracasos, de su vida poco buena o incluso mala, de sus pecados incluso. Piensan y manifiestan también con frecuencia públicamente que sin duda llevarían una vida religiosa mejor, si sus hermanos o hermanas les dieran un ejemplo más edificante en la comunidad claustral. ¿No equivale esto a echar la culpa al prójimo? ¿No hay quienes opinan que, si tuvieran otro cometido en el convento, cumplirían mejor y más fielmente los deberes de la vida religiosa? ¿Y no equivale esto a echar la culpa a las circunstancias? ¿No creen muchos que, si no tuvieran tantas tentaciones, vivirían más puros y mejor ante Dios? ¿Y no es eso lo mismo que echar la culpa al enemigo? Así intentan muchos autodisculparse ante su propia conciencia. Con tales disculpas se quiere adormecer la propia conciencia. Y, en tal caso, aun cuando dichas personas se conozcan mejor, nada cambia en sus vidas. Precisamente aquí es donde radica ese gran peligro para nuestra vida cristiana, y especialmente para nuestra vida religiosa, del que quiere precavernos Francisco en la presente Admonición. Con sus «palabras de amonestación» quiere liberarnos de esta fatal ceguera respecto a nosotros mismos.

 

«Pero no es así; porque cada uno tiene en su dominio al enemigo, o sea, al cuerpo, mediante el cual peca».

 

Todas esas excusas, todos esos intentos de liberarse de la propia culpa, los corta san Francisco con una escueta afirmación: Pero no es así. La causa de nuestro fracaso y de nuestros pecados no radica fuera de nosotros mismos, sino en nuestro interior: o sea, el cuerpo, mediante el cual peca.

 

Debemos intercalar aquí una breve explicación para entender bien esta frase. Cuando Francisco emplea la palabra «cuerpo», no se refiere sólo al cuerpo como organismo, en el sentido, por ejemplo, de la antítesis «cuerpo-alma», sino que emplea tal término en el mismo sentido que san Pablo habla de «carne», refiriéndose a todo cuanto en nosotros se opone a Dios y quiere de manera distinta a como Dios quiere. Diríamos hoy: el idolatrado «yo» del ser humano, que sólo piensa y siente de manera natural, que está animado sólo por lo terreno, que reacciona sólo humanamente, que quiere ser dueño de sí mismo. En una palabra: ¡El «yo» que ambiciona ocupar el lugar de Dios! Eso es el cuerpo mediante el cual peca.

 

¡No nos dejemos, pues, engañar! ¡No nos autoengañemos con incongruentes disculpas! La raíz de nuestro fracaso, la culpa de nuestros pecados radica en nuestro propio yo, que nos seduce porque es demasiado cómodo y no quiere someterse a Dios. ¡Lo dice el mismo Señor en el Evangelio: «Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y hacen impuro al hombre» (Mc 7,21-23; cf. 2CtaF 69)! No quiere decir otra cosa Francisco cuando resume: o sea, el cuerpo, mediante el cual peca.

 

¡Puesto que así son las cosas, consentimos fácil y gustosamente en el mal ejemplo de los demás! ¡Puesto que así son las cosas, nos dejamos influenciar rápidamente y sin resistencia por las circunstancias! ¡Puesto que así son las cosas, muy a menudo el demonio nos gana con facilidad! Precisamente aquí lo externo ayuda a lo que hay en nuestro interior. Pero, en definitiva, es de nuestro propio yo, rebelde y obstinado, cómodo e insensible, de donde brota todo mal. Él es el enemigo del bien en nuestra vida.

 

Sin embargo, no estamos indefensos a su merced: porque cada uno tiene en su dominio al enemigo. Somos hombres redimidos, a quienes se les entrega constantemente, en la palabra de Dios y en los santos sacramentos, la fuerza para dominar a ese gran enemigo de nuestra vida cristiana. Tenemos, como dice Francisco en otro lugar, «el cuerpo y la sangre, los nombres y las palabras (del Señor), por los que hemos sido hechos y redimidos de la muerte a la vida» (CtaCle 3). Con todo ello, Dios, por su gracia redentora, ha depositado en nuestras manos el medio poderoso para acabar con nuestro «yo», enemigo de Dios. En la luz de la palabra de Dios y en la fuerza de los sacramentos crece en nosotros la mortificación de todo cuanto se opone a Dios y la vida nueva, modelada por completo según su voluntad.

 

«Por eso, dichoso aquel siervo que a tal enemigo, entregado a su dominio, lo mantiene siempre cautivo y se defiende sabiamente de él; porque, mientras hiciere esto, ningún otro enemigo visible o invisible le podrá dañar».

 

Dichoso el hombre que acoge agradecido la redención que se le regala, y la hace suya, cooperando con la gracia (Se puede también enterrar este talento, en lugar de hacerlo rendir; cf. Mt 25,24ss). El mismo Señor nos dice claramente en qué consiste tal colaboración: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lc 9,23). En esta autonegación como un constante «decir no» a nosotros mismos y en esta mortificación que sigue con Cristo el camino de la cruz, dominamos al enemigo, que Dios ha puesto en nuestras manos. De este modo el espíritu de la carne, que gira en torno al propio yo, es sustituido por el Espíritu del Señor, que quiere sólo lo que es de Dios. Y, en la medida en que el Espíritu del Señor nos llena y señorea en nosotros, nos transformamos en discípulos de Cristo. Mantendremos, pues, cautivo al enemigo, si vivimos según la palabra de Juan Bautista: «Es preciso que él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30). Así, pues, quien quiere vivir como discípulo de Cristo, tiene que pensar como Él, querer y actuar como Él. Y en quien hace todo de forma que Cristo pueda hacerlo todo con él, crece Cristo, el más fuerte, que vence en nosotros al fuerte (Lc 11,21). Quien no se fía de sí mismo, quien no se apoya en su propia fuerza y prudencia, quien, por tanto -aquí aparece de nuevo esto muy claro- es verdaderamente pobre, lo puede realmente todo en aquel que le hace fuerte (cf. Flp 4,13).

 

Francisco pone de relieve otra cosa: debemos preservarnos sabiamente de nuestro yo. Mientras vivamos, querrá imponerse, querrá hacer prevalecer sus pretensiones autocráticas y arbitrarias. Por ello, es de suma importancia conocer sus manejos y enmascaramientos, descubrir sin miramientos sus insinuaciones y excusas, a fin de que no nos haga caer en autoengaños. También aquí vale el dicho: «Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas. Guardaos» de vosotros mismos (Mt 10,16).

 

Si hago esto y colaboro incesantemente y con permanente vigilancia con la gracia redentora, ningún otro enemigo visible o invisible podrá dañarme, puesto que nada en mí lo acogerá. No encontrará en mí ningún aliado dispuesto a abrirle la puerta.

 

II. LIBERÉMONOS DE NUESTRAS EXCUSAS

 

Llanas y sencillas, simples en el verdadero sentido de la palabra, son las palabras de nuestro padre san Francisco. Tal vez precisamente por ello penetran tan profunda y curativamente en nuestra vida. Queremos acogerlas con un corazón bien dispuesto, y que actúen en nosotros. Las siguientes reflexiones nos ayudarán a conseguir tal objetivo.

 

1. ¡Examinemos con sinceridad nuestra conciencia, revisando críticamente ante Dios todos los móviles exculpatorios que tan de buena gana aducimos para justificar nuestro fracaso, nuestros pecados, nuestra injusticia! ¿Se mantienen verdaderamente en pie? Si nos dejamos guiar en este autoexamen por las palabras de amonestación de nuestro Padre, ¿no tendremos que reconocer más bien que los motivos no radican fuera de nosotros, en los demás o en las circunstancias, sino que en definitiva su causa es nuestro propio «yo»? Nuestro «yo» es el enemigo, pues no quiere lo que Dios quiere y desea con demasiada frecuencia andar su propio camino. No nos disculpemos, por tanto, demasiado rápidamente en los demás, los enemigos que hay fuera de nosotros; pues esta actitud no conduce al cambio, a la conversión, a la verdadera penitencia que nos prepara a la venida del Reino de Dios.

 

¡Dominémonos a nosotros mismos! Sin duda alguna, el más fuerte -Cristo- nos custodia, para que no pueda vencernos el fuerte -el enemigo en nosotros y fuera de nosotros-. Pero Cristo no hace esto sin nosotros. Debemos por eso esforzarnos mediante la abnegación y la mortificación, como colaboradores y coautores de lo que Cristo realiza en nosotros y a nosotros. Él ha puesto en nuestro dominio al enemigo, que Él venció. A nosotros nos corresponde ahora hacer todo cuanto esté en nuestras manos, para que el enemigo no vuelva a señorear sobre nosotros. Como más fácil y rápidamente consigue esto el enemigo es mediante tales excusas, en las que incurrimos con mucha facilidad, precisamente porque el camino de la abnegación y de la mortificación nos resulta duro y difícil, en tanto que el otro nos es cómodo. Y, sin embargo, hemos de entrar en la vida por la puerta estrecha y hemos de abstenernos de la puerta ancha y del camino espacioso que lleva a la perdición (cf. Mt 7,13-14). Por eso nos exhorta Francisco: «Y esfuércense en entrar por la puerta angosta, porque dice el Señor: Angosta es la puerta, y estrecha la senda que lleva a la vida, y son pocos los que la encuentran» (1 R 11,13).

 

2. Si nos hemos dado rectamente cuenta de todo esto, preguntémonos qué hemos hecho hasta el momento para mantener cautivo a este enemigo. ¿Hemos tomado verdaderamente en serio la exigencia del Señor de negarnos a nosotros mismos, y de mortificarnos, es decir, de cargar con Él la cruz? ¿Nos hemos esforzado, todos los días y en todas las circunstancias, en llevarla a la práctica, a pesar de y contra todas las resistencias y, en especial, los pretextos de nuestro propio yo? ¿Somos conscientes de que la gracia redentora de Cristo, que se nos regala tan a menudo, permanece ineficaz si no vivimos correspondiendo a ella? ¿De que, precisamente, se nos pedirá cuenta y se nos juzgará por ese talento enterrado?

 

3. ¿Nos preservamos sabiamente de nosotros mismos? ¿Evitamos cualquier falsa autoconfianza, que nos vuelve ciegos respecto a nosotros mismos? ¡Dichoso el siervo de Dios, que se deja guiar en todo por la palabra de Dios! Dicho siervo no es ciego, pues ve la verdadera luz, nuestro Señor Jesucristo. Posee la sabiduría espiritual, puesto que tiene en sí al Hijo de Dios, que es la verdadera sabiduría del Padre (cf. 2CtaF 66-67).

 

4. ¿Vivimos de la fuerza redentiva de los sacramentos? ¿No los celebramos con frecuencia como una mera acción externa, por lo que de ellos no crece ninguna fuerza en la lucha contra nosotros mismos? Escuchemos una vez más a Francisco: «Y a nadie de nosotros quepa la menor duda de que ninguno puede ser salvado sino por las santas palabras y sangre de nuestro Señor Jesucristo» (2CtaF 34). Esta salvación se convertirá en realidad en la medida en que cumplamos lo que Dios nos ordena y regala; si cumplimos lo que nos exhorta Francisco: «Ofreced vuestros cuerpos y cargad con su santa cruz y seguid hasta el fin sus santísimos preceptos. Entonces se nos podrá decir también a nosotros: ¡Dichoso aquel siervo!