Maria Gracia y Esperanza en Cristo

 

 El Acuerdo de Seattle Comisión Internacional

Anglicana / Católica Romana(ARCIC II)

 

¿Quiénes son los autores de este documento?

 

El texto María: Gracia y Esperanza en Cristo, también conocido como Acuerdo de Seattle, es obra de la Comisión Internacional Anglicana-Católica Romana (ARCIC), que es el instrumento oficial de diálogo teológico entre la Iglesia Católica Romana y las

 

Iglesias de la Comunión Anglicana. El diálogo, convocado por primera vez durante una reunión de los entonces Papa Pablo VI y Arzobispo de Canterbury,  Michael Ramsey, en 1966, fue formalmente establecido en 1970. La primera fase del trabajo de ARCIC (1970 - 1981) resultó en declaraciones conjuntas sobre la Eucaristía, el ministerio, y dos declaraciones sobre la autoridad en la Iglesia. La segunda fase de ARCIC  (1983 al presente) incluyó la consideración conjunta de la salvación, la justificación, la naturaleza de la Iglesia, la moral, una profundización de las reflexiones previas sobre la autoridad en la Iglesia y, en esta ocasión, sobre el rol de la Bienaventurada Virgen María en la doctrina y vida de la Iglesia. La Comisión que preparó el documento sobre María estaba formada por 18 miembros, y sus trabajos se extendieron de 1999 al 2004.

 

Los miembros anglicanos de ARCIC son nombrados por el Arzobispo de Canterbury, en consulta con laOficina de la Comunión Anglicana, en Londres, mientras que los miembros católico-romanos son nombrados por el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad Cristiana del Vaticano. Los co-presidentes de ARCIC son Su Gracia Alexander J. Brunett, Arzobispo Católico-romano de Seattle, y Su Gracia Peter F. Carnley, Arzobispo de Perth y Primado de la Iglesia Anglicana de Australia.

 

Este documento sobre la Virgen María completa la segunda fase del trabajo de la ARCIC, y se anticipa que pronto se pondrá en curso una tercera fase de trabajo.

 

¿Qué autoridad tiene el texto?

 

María: Gracia y Esperanza en Cristo es obra de ARCIC, y se publica bajo la autoridad de la Comisión, con el permiso de la Oficina de la Comunión Anglicana y el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad Cristiana.

 

No se trata de una declaración autoritativa de la Iglesia Católica ni de la Comunión Anglicana, las que estudiarán y evaluarán el documento. Las autoridades que nombraron la Comisión han permitido la publicación de la declaración, de manera que pueda ser considerada y discutida más ampliamente.

 

¿Por qué discutir sobre la Virgen María?

 

El Acuerdo de Seattle es producto del primer diálogo bilateral a nivel global que asume el tema del rol de María en la Iglesia. El primer párrafo del documento indica que a ARCIC se le pidió que preparara un estudio sobre María por líderes anglicanos y católicoromanos.

 

Si bien María ha tenido un lugar importante en la vida y liturgia tanto de anglicanos como de

católico-romanos, las devociones y los dos dogmas sobre María dentro de la Iglesia Católica Romana han sido considerados como puntos que han separado iglesias anglicanas y católico-romanas.

  

¿Qué precedentes tiene este tema en el diálogo entre nuestras dos iglesias?

 

ARCIC había considerado brevemente el tema de María en la declaración Autoridad en la Iglesia II. El párrafo 2 del Acuerdo de Seattle delinea los puntos de acuerdo significativo señalados en 1981, y luego cita ese texto al señalar las diferencias que permanecían, que el documento actual busca considerar, enfocándose  particularmente en los dogmas sobre María: “los dogmas de la Inmaculada Concepción y la Asunción de la Virgen María representa un problema especial para aquellos anglicanos que no creen que las definiciones precisas que ofrecen estos dogmas estén suficientemente apoyados en las Escrituras”.

 

¿Cómo este documento sienta los fundamentos para considerar estos dos dogmas marianos?

 

Desde su creación, ARCIC ha buscado un diálogo “fundado en los Evangelios y las antiguas tradiciones comunes”, buscando así “describir y desarrollar nuestra herencia común de fe”. Esta atención a nuestros fundamentos comunes también define las primeras dos secciones del documento.

 

La primera sección del documento recuenta el lugar de María en la Biblia, la cual “tiene autoridad normativa para el plan divino de salvación”, y es con ello el punto de partida natural para las reflexiones de ARCIC. El texto concluye notando que “es imposible ser fieles a

 

las Escrituras, sin prestar la debida atención a María”. El testimonio escritural “llama a todos los creyentes, en toda generación, a llamar “bendita” a María; esta mujer judía de origen humilde, una hija de Israel que vivía la  esperanza de justicia para los pobres, a quien Dios ha

 

bendecido y escogido para ser la madre virgen de Su Hijo, abrazada en el Espíritu Santo.

 

Hemos de bendecirla como “doncella del Señor”, la que dio su consentimiento confiado a la plenitud del plan salvífico de Dios, como la madre que guarda todas las cosas en su corazón, como la refugiada que busca asilo en una tierra extraña, como la madre desgarrada por el sufrimiento de su propio hijo, y como la mujer cuyo cuidado Jesús confió a sus amigos.

 

Estamos unidos con ella y con los apóstoles en su oración por el derramamiento del Espíritu sobre la iglesia naciente, la familia escatológica de Cristo. Y aún podríamos vislumbrar en ella el destino final del Pueblo de Dios en compartir la victoria de su hijo sobre los poderes del mal y de la muerte”.

  

La segunda sección del texto considera el lugar de María en las “tradiciones antiguas comunes”, o sea, en los primeros Concilios de la Iglesia, que son autoritativos para ambas iglesias, y en los escritos de los “Padres de la Iglesia”, teólogos de los primeros siglos del Cristianismo. El texto enfatiza la importancia  central de la comprensión de la Iglesia de los primeros años sobre María como Theotókos (la Madre de Dios la Palabra encarnada, la “portadora de Dios”). El texto luego procede a revisar “el crecimiento de las devociones a María durante la Edad Media y las controversias teológicas de la época”, mostrando  “cómo algunos excesos en devociones del final de la Edad Media, y las reacciones de los Reformadores en su contra, contribuyó a la ruptura de la comunión entre nuestras iglesias”.

 

Finalmente, la sección concluye trazando los desarrollos posteriores en ambas iglesias, y nota la importancia de ver a María como inseparablemente vinculada a Cristo y la Iglesia.

 

¿Qué dice el documento sobre los dogmas de la Inmaculada Concepción (definido en 1854) y la Asunción de María (definido en 1950)? ¿Qué acuerdo consiguió ARCIC a este respecto? ¿Qué pueden afirmar las dos iglesias en común?

 

La convergencia apuntada en las dos primeras secciones del texto provee fundamentos para abordar ambos dogmas. La primera sección comienza por la consideración de María y su rol en la historia de la salvación dentro de una “teología de gracia y esperanza”. El texto apela a la Epístola de San Pablo a los Romanos (8.30), donde articula un patrón de gracia  y esperanza, operativo en la relación entre Dios y la humanidad: “aquellos a quienes Dios predestinó, también llamó; aquellos a quienes llamó, también justificó; y a quienes justificó, también glorificó”.

 

Este patrón se hace evidente en la vida de María. Ella “fue señalada desde el comienzo como la que habría de albergar la promesa, llamada y agraciada por Dios en el Espíritu Santo, para la tarea que le esperaba”. En el sometimiento libremente expresado por María –“que sea conmigo según tu voluntad” (Lucas 1.38)- vemos  “el fruto de su preparación previa, signada por la afirmación de Gabriel como “llena de gracia”. Más adelante, el texto vincula esta afirmación con lo que se profesa en el dogma de la Inmaculada Concepción de María:

 

“En vista de su vocación a ser la madre del Santo (Lucas 1.35), podemos entonces afirmar en común que la obra redentora de Cristo “llegó a lo más profundo del ser de María, y a sus comienzos más remontados. Esto no es algo contrario a la enseñanza de la Escritura, y sólo puede entenderse a la luz de las Escrituras. Los  católico-romanos pueden reconocer en esto lo que se afirma por el dogma –es decir, “preservada de toda huella del pecado original” y “desde el primer momento de su concepción”. A su vez, el documento propone que, justo como la gracia era operativa en los comienzos de la vida de  María, así mismo ofrece la Escritura fundamentos para confiar en que, quienes siguen fielmente los propósitos de Dios, serán llevados a la presencia de Dios. Si bien “no hay un testimonio directo en la Escritura alrededor del final de la vida de María, cuando las generaciones de cristianos de Oriente y Occidente han considerado la  obra de Dios en María, han discernido en fe… que es legítimo que el Señor la haya sumido en Sí mismo: en Cristo, María ya es una nueva criatura”. Haciendo otra conexión aún entre la gracia y la esperanza operativas en la vida de María, y el dogma de la Asunción de María, el texto apunta que:  “podemos afirmar en común la enseñanza de que Dios ha tomado a la Bienaventurada Virgen María -en la plenitud de su persona- en Su gloria, y podemos considerarla como consistente con las Escrituras y que, efectiva-mente, sólo puede ser completamente entendida a la luz de las Escrituras. Los católicoromanos  pueden reconocer que esta enseñanza sobre María está contenida en el dogma”.

 

¿Qué dice el texto sobre las devociones marianas?

 

La última sección del documento considera el lugar de María en la vida de la Iglesia, abordando cuestiones de las devociones marianas. La sección comienza con una fuerte afirmación: “Estamos de acuerdo en que, al comprender a María como el ejemplo humano más pleno de la vida de gracia, estamos llamados a  reflexionar sobre las lecciones de su vida recogidas en las Escrituras, y a unirnos con ella, como alguien que, sin dudas, no ha muerto, sino que realmente vive en Cristo”. El texto enfatiza que las devociones marianas y la invocación de la Virgen no son, en modo alguno, formas de oscurecer o disminuir la mediación única de Cristo, y concluye:

 

“Juntos afirmamos sin ambigüedad alguna la  mediación única de Cristo, que fructifica en la vida de la Iglesia, y no consideramos como amenazas a la comunión la práctica de pedir las oraciones de María y los santos en nuestro favor… creemos que no hay razones teológicas continuas para la división eclesial en estos temas”.

 

La conclusión del documento resume aquello que la Comisión está convencida que ha sido logrado en María: Gracia y Esperanza en Cristo. Tras reafirmar los acuerdos expresados en el documento de 1981 que ya hemos mencionado, el texto concluye expresando la convicción de los miembros de ARCIC de que “esta declaración profundiza y extiende significativamente estos acuerdos, colocándoles dentro de un estudio  abarcador de las doctrinas y devociones asociadas con la Virgen María”.

  

Durante muchos años, y en su peregrinar hacia la plena comunión, la Iglesia Católica-romana y las Iglesias de la Comunión Anglicanas han considerado en plegaria y escucha un número de cuestiones sobre la fe que compartimos y el modo en que la articulamos en la vida y culto de nuestras dos comuniones. Hemos sometido nuestros Acuerdos Conjuntos a la Santa Sede y a la Comunión Anglicana para sus comentarios, mayor clarificación y la aceptación conjunta del documento en cuestión como congruente con la fe de Anglicanos y Católico-romanos.

  

Al conformar esta Declaración Conjunta, nos hemos fundamentado en las Escrituras y la tradición común que precede a la Reforma y la Contrarreforma. Como en documentos anteriores de la ARCIC, hemos tratado de emplear el lenguaje que refleja lo que tenemos en común, y trasciende las controversias del pasado. Al mismo tiempo, en esta declaración hemos tenido que enfrentar definiciones rígidamente dogmáticas que son integrales a la fe de los Católico-romanos pero, generalmente hablando, bastante extrañas para la fe de los Anglicanos.

 

Con el tiempo, los miembros de ARCIC han buscado la comprensión mutua de las respectivas formas de hacer teología, y hemos considerado en común el contexto histórico en que se desarrollaron ciertas doctrinas. Con ello, hemos aprendido a recibir, de forma renovada, la enseñanza de nuestras propias tradiciones, iluminadas y profundizadas  por la comprensión y apreciación mutuas de la tradición característica de cada comunión.

 

Nuestra Declaración Conjunta en cuanto a la Bendita Virgen María como patrón de gracia y esperanza es una poderosa reflexión sobre nuestros esfuerzos en la búsqueda de lo que tenemos en común y celebra aspectos importantes de nuestra herencia común.

 

María, la madre de nuestro Señor Jesucristo, se nos revela como alguien de obediencia fiel y ejemplar, y que su “sea conmigo según tu palabra” es la respuesta, llena de gracia, a que cada uno de nosotros está llamado a dar a Dios, tanto personal como comunitariamente, como la Iglesia, el Cuerpo de Cristo.  Es como prefiguración de la Iglesia, sus brazos levantados en plegaria y alabanza, sus manos abiertas en receptividad y disponibilidad al desbordamiento del

 

Espíritu Santo, que nos unimos con María en su magnificación del Señor. “Ciertamente”, declara María en su cántico, recogido en el Evangelio de Lucas, “desde hoy todas las generaciones me llamarán bendita”.

 

Nuestras dos tradiciones comparten muchas de las mismas fiestas asociadas con María. Desde nuestra experiencia, hemos comprendido que es en el terreno de la adoración que podemos reconocer nuestras más profundas convergencias, mientras damos gracias a Dios por la Madre del Señor, que es Uno con nosotros en esa vasta comunidad de amor y plegaria que  llamamos la comunión de los santos. Alexander J. Brunett Peter F. Carnley Seattle, Fiesta de la Presentación Febrero 2, 2004 El status del documento  El documento aquí publicado es la obra de la Comisión Internacional Anglicana-Católica-romana (ARCIC). Es una declaración conjunta de la Comisión. Las autoridades que nombraron la Comisión han permitido que la declaración sea publicada, para que así pueda ser discutida más ampliamente. No se trata de una declaración autoritativa de la Iglesia Católica-romana  ni de la Comunión Anglicana, las cuales estudiarán y evaluarán el documento a su debido momento.

 

Las citas bíblicas son generalmente tomadas de la Nueva Versión Standard Revisada. En algunos casos la Comisión ha sugerido sus propias traducciones.

 

Introducción

 

1. Al honrar a María como Madre del Señor, todas las generaciones de anglicanos y católico-romanos se han hecho eco del saludo de Isabel (Lucas 1.42): “Bendita tú entre las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre”. La Comisión Internacional Anglicana-Católica-romana ahora ofrece esta Declaración Conjunta sobre el lugar  de María en la vida y doctrina del Iglesia, con la esperanza de que consiga expresar nuestra fe común sobre aquella quien, entre todos los creyentes, es más cercan a nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Lo hacemos a solicitud de nuestras dos comuniones, en respuesta a interrogantes y puntos del debate que nos han sido presentados. Una consulta especial entre obispos anglicanos y católico-romanos, reunidos en el año 2000 bajo el liderazgo del entonces Arzobispo de Canterbury, Dr. George Carey, y el Cardenal Edward Cassidy, entonces Presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad Cristiana, en  Mississauga, Canadá, solicitó específicamente que ARCIC estudiara “el lugar de María en la vida y doctrina de la Iglesia”. Esta solicitud recuerda la observación del Informe de Malta (1968) que “las diferencias entre nosotros, reales o aparentes, se manifiestan con particular energía en temas como …  las definiciones Mariológicas” promulgadas en 1854 y 1950. Más recientemente, en Ut Unum Sint (1995), el entonces Papa Juan Pablo II identificó “la Virgen María, como Madre de Dios, icono de la Iglesia, la Madre espiritual que intercede por los discípulos de Cristo y por toda la humanidad” (pár. 79) como un área  en la que eran necesarios más estudios en todas las tradiciones cristianas, antes de que pudiera alcanzar algún acuerdo sustancial en cuanto a la fe común.

  

2. ARCIC ha considerado este tema ya una vez anterior. Autoridad en la Iglesia II (1981) ya recoge un grado significativo de acuerdos respecto a este tema: Estamos de acuerdo en que no puede haber más de un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, y rechazamos toda interpretación del rol de María que oscurezca esta afirmación. Estamos de acuerdo en reconocer que la comprensión cristiana de María está  inseparablemente vinculada con las doctrinas de Cristo y de la Iglesia. Estamos de acuerdo en reconocer la gracia y vocación única de María, Madre de Dios Encarnado (Theotókos), en la observación de sus fiestas y en prestarle honores en la comunión de los santos.

 

Estamos de acuerdo en que María fue preparada por la gracia Divina para ser la madre de nuestro Redentor, por quien ella misma fue redimida y recibida en la gloria. También estamos de acuerdo en reconocer en María un modelo de santidad, obediencia y fe para todos los cristianos. Aceptamos que es posible  considerarla como una figura profética de la Iglesia de Dios tanto antes como después de la Encarnación. No obstante, el mismo documento apunta a diferencias aún existentes:

 

Los dogmas de la Inmaculada Concepción y la Asunción representan un problema especial para aquellos anglicanos que consideran que las definiciones precisan que ofrecen estos dogmas no están suficientemente apoyadas en las Escrituras. Para muchos anglicanos, la autoridad de la enseñanza del  Obispo de Roma, fuera de un concilio, no es precisamente ensalzada por el hecho de que, a través la misma, estas doctrinas marianas, aunque fueron proclamadas como dogmas con autoridad sobre todos los fieles. Los anglicanos también cuestionarían si, en cualquier unión futura entre las dos comuniones, se les requeriría suscribir tales declaraciones doctrinales.

 

Estas reservas, en particular, fueron notadas en la Respuesta Oficial de la Santa Sede al Informe Final (1991, pár. 13). Habiendo asumido estas creencias compartidas y estas cuestiones como el punto de partida de nuestras reflexiones, ahora podemos afirmar un acuerdo aún mayor sobre el lugar de María en la vida y doctrina de la Iglesia.

 

3. El presente documento propone una declaración más amplia de nuestra fe común en cuanto a la Bendita Virgen María y, por ello, provee el contexto para una apreciación común del contenido de los dogmas marianos. También hemos abordado las diferencias en cuanto a prácticas devocionales, incluyendo la invocación implícita de María. Este nuevo estudio de María se ha beneficiado de nuestra recepción y estudio  previos de El Don de la Autoridad (1999). En aquella ocasión, concluimos que, cuando la Iglesia recibe lo que reconoce como expresión verdadera de la tradición confiada a los Apóstoles, esta recepción es un acto tanto de fidelidad como de libertad. Lo que capacita a la iglesia para ser fiel la tradición que le ha sido confiada es, precisamente, su libertad para responder de formas renovadas al ser confrontadas por  nuevos retos. En algunas épocas, hay elementos de la tradición apostólica que pueden ser o han sido olvidados, descuidados o abusados. En tales situaciones, la recurrencia renovada a las Escrituras y la Tradición nos recuerda la revelación de Dios en Cristo:  llamamos a este proceso re-recepción (véase El Don de la Autoridad, párs. 24-25). El progreso en el diálogo y el entendimiento ecuménicos demuestra que ahora tenemos una oportunidad para re-recibir juntos la tradición del lugar de María en la revelación de Dios.

 

4. Desde su creación, ARCIC ha buscado enfocar sus reflexiones en posiciones opuestas o “atascadas”, a fin de descubrir y desarrollar nuestra herencia común de la fe (véase Don de Autoridad, pár. 25). Tras la Declaración Común del entonces Papa Pablo VI y el Arzobispo de Canterbury Michael Ramsey, de 1966,  hemos continuado nuestro “diálogo serio… fundado en los Evangelios y las antiguas tradiciones que nos son comunes”. Hemos preguntado hasta qué punto la doctrina o devociones alrededor de María pertenecen a una recepción “legítima” de la Tradición Apostólica, de acuerdo con las Escrituras. Esta Tradición tiene en su  núcleo la proclamación de la “economía trinitaria de la salvación”, fundamentando la vida y fe de la Iglesia en la comunión divina del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Hemos tratado de entender la persona y el rol de María en la historia de la salvación y la vida de la Iglesia a la luz de una teología de gracia y esperanza divinas. Esa teología está profundamente enraizada en la experiencia persistente de la adoración y devoción  cristianas.

 

5. La gracia de Dios convoca y habilita la respuesta humana (véase Salvación y la Iglesia [1987] pár. 9). Esto se puede ver en la crónica evangélica de la Anunciación, donde el mensaje del ángel evoca la respuesta de María. La Encarnación y todo lo que ésta implica, incluyendo la pasión, muerte y resurrección de  Cristo y el nacimiento de la Iglesia, todo ello llegó a ser por la libre respuesta de María de entrega y confianza – “que se haga en mí según tu palabra” (Lucas 1.38). En el evento de la Encarnación, podemos reconocer la gracia del “sí” de Dios a la humanidad como un todo.

 

Esto nos recuerda, una vez más, las palabras del Apóstol en 2 Corintios 1.18-20 (Don pár. 8ss): todas las promesas de Dios encuentran su “sí” en el Hijo de Dios, Jesucristo. En este contexto, el asentimiento de María puede ser visto como la instancia suprema del “Amén” de un creyente en respuesta al “sí” de Dios.  Por ello, se saben hijos del mismo Padre celestial, nacidos del Espíritu como hermanos y hermanas de Jesucristo, reunidos en la comunión de amor de la santa Trinidad. María es epítome de esa participación en la vida de Dios. Su respuesta no vino a ser sin un profundo cuestionamiento, y fue pronunciada en una  vida de alegría mezclada con dolor, llevándola aún al pie de la cruz de su hijo. Cuando los cristianos se unen al “Amén” de María al “sí” de Dios en Cristo, se están comprometiendo a una respuesta obediente a la Palabra de Dios, que lleva a una vida de plegaria y servicio.

 

Como María, no sólo magnifican al Señor con sus labios: se comprometen a servir la justicia de Dios con sus vidas.