María en la Vida de la Iglesia

64. “Todas las promesas de Dios encuentran su “Sí” en Cristo: es por ello que ofrecemos el “Amén” por medio de Él, para la gloria de Dios” (2 Corintios 1.20). Al serle comunicado a María, el “Sí” de Dios en Cristo asume un forma distintiva y demandante. El profundo misterio de “Cristo en ustedes, la esperanza de gloria”  (Colosenses 1.27) tiene un significado especial para ella, porque la capacita para articular el “Amén” en que, por medio del Espíritu cubriéndola como una sombra, se inaugura el “Sí” de Dios de la nueva creación. Como hemos visto, este consentimiento de María fue distintivo, en cuanto a su apertura a la  Palabra de Dios, y en el camino hacia el pie de la cruz y más allá a donde el Espíritu la guiara. Las Escrituras muestran a María como alguien que crece en su relación con Cristo: su compartir de la familia natural (Lucas 2.39) era trascendido cuando ella compartía de su familia escatológica, sobre la que se derrama el Espíritu (Hechos 1.14, 2.1-4). El “Amén” de María al  “Sí” de Dios en Cristo es, por ello, único y un modelo para todo discípulo y para la vida de la Iglesia.

  

65. Un resultado de nuestro estudio ha sido la conciencia de los diferentes modos en que el ejemplo de María, viviendo la gracia de Dios, ha sido apropiado en las vidas espirituales de nuestras tradiciones. Si bien ambas tradiciones le han reconocido un lugar especial en la comunión de los santos, hay énfasis diferentes que han marcado el modo en que experimentamos suministerio. Los anglicanos han tendido a comenzar desde una reflexión en el ejemplo escritural de María como inspiración y modelo para el discipulado. Los católico-romanos han dado prominencia al continuo ministerio de María en la economía de la gracia y la comunión de los santos. María indica a los creyentes el  camino a Cristo, encomendándolos al cuidado de Cristo y asistiéndoles en compartir más plenamente sus vidas.

 

Ninguna de estas caracterizaciones generales hace verdadera justicia a la riqueza y diversidad de la tradición, y el siglo 20 fue testigo de un crecimiento significativo en la convergencia, cuando muchos anglicanos se acercaron a prácticas devocionales más específicamente marianas y los católico-romanos descubrieron una visión renovada de las raíces escriturales de esa devoción. En común, acordamos que, al entender a María como el ejemplo humano más pleno en la vida de gracia, estamos llamados a reflexionar en las lecciones de su vida recogidas en las Escrituras y unirnos con ella como una que, ciertamente, no está muerta, sino verdaderamente viva en Cristo. Con ello, avanzamos juntos como peregrinos  en comunión con María, la primera de las discípulas de Cristo, y todos aquellos cuya participación en la nueva creación nos alienta a ser fieles en nuestro llamado (2 Corintios 5.17, 19).

 

66. Los cristianos, concientes del lugar distintivo de María en la historia de la salvación, le han dado un lugar especial en sus plegarias privadas y públicas, alabando a Dios por lo que ha hecho en ella y por medio de ella. Al cantar el Magnificat, alaban a Dios junto a María; en la Eucaristía, rezan con ella al igual que rezan con todo el pueblo de Dios, integrando sus  plegarias en la gran comunión de los santos. Los cristianos reconocen el lugar de María en “la plegaria de todos los santos” que está siendo pronunciada ante el trono de Dios en la liturgia celestial (Apocalipsis 8.3-4). Todos estos modos de incluir a María en la plegaria y la alabanza pertenecen a nuestra herencia común, al igual que nuestro reconocimiento de su condición única como Theotókos, lo que le otorga un lugar distintivo  dentro de la comunión de los santos.

  

Intercesión y Mediación en la Comunión de los Santos

  

67. La práctica de los creyentes que piden a María por su intercesión por ellos con su hijo creció rápidamente, después que fuese declarada Theotókos en el Concilio de Éfeso. En la actualidad, la forma más común para tales intercesiones es el “Ave María”. Esta forma, que integra los saludos de Gabriel e Isabel a María (Lucas 1.28, 42). Fue de amplio uso a partir del siglo 5, aunque  sin la frase final “ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”, que fue añadida por primera vez en el siglo 15, e incluida en el Breviario Romano por Pío V en 1568. Los Reformadores Ingleses criticaron esta invocación y formas similares de plegaria, ya que creían que amenazaba la mediación  única de Jesucristo. Confrontados con la devoción exagerada que brotaba de la exaltación excesiva de los roles y poderes de María junto a los de Cristo, los reformadores rechazaron “la doctrina romanoide de… la invocación de los santos” como “sin base o defensa alguna en las Escrituras, antes bien repugnante a la Palabra de Dios (Artículo XXII). El Concilio de Trento afirmó que la búsqueda de la asistencia de los santos para obtener favores de Dios es “bueno y útil”: esa petición se hace “por medio de su Hijo nuestro Señor Jesucristo, quien es nuestro único redentor y salvador (DS 1821). El Concilio Vaticano II asumió la práctica continuada de los fieles de pedir a María por su intercesión, enfatizando que “el rol maternal de María hacia la raza humana, en modo alguno afecta ni oscurece la medición exclusiva de Cristo, sino que más bien es testigo de su poder… en modo alguno distorsiona la unión directa de los creyentes con Cristo, sino que más bien la fomenta” (Lumen Gentium 60).

 

Por tanto, la Iglesia Católica Romana continúa promoviendo la devoción a María, a la vez que reprueba a quienes exageran o minimizan el rol de María (Marialis Cultus 31). Con este trasfondo en mente, buscamos un modo teológicamente fundamentado de adentrarnos más profundamente aún en la vida de plegaria en comunión con Cristo y sus santos.

  

68. Las Escrituras enseñan que “hay un mediador entre Dios y la humanidad, Cristo Jesús, él mismo humano, quien se dio a sí mismo como rescate por todos” (1 Timoteo 2.5,6). Como se apuntó anteriormente, es sobre la base de esta enseñanza que “rechazamos cualquier interpretación del rol de María que oscurezca  esta afirmación” (Autoridad II 30). No obstante,

 

también es verdad que todos los ministerios de la iglesia, especialmente aquellos de la Palabra y el Sacramento, median la gracia de Dios a través de seres humanos. Estos ministerios no compiten con la mediación única de Cristo, sino que más bien la sirven y tienen su raíz en ella.

 

En particular, la plegaria de la Iglesia no pretende un lugar junto, y menos aún, en sustitución de la intercesión de Cristo, pero esa plegaria tiene lugar por medio de Cristo, nuestro Abogado y Mediador (Romanos 8.34, Hebreos 7.25, 12.24, 1 Jun 2.1). Ello encuentra tanto su posibilidad como su práctica en y de acuerdo con el Espíritu Santo, el otro  Abogado, enviado según la promesa de Cristo (Juan14.16-17). Por ello, pedir a nuestros hermanos y hermanas, en el cielo y en la tierra, que recen por nosotros, no cuestiona en absoluto la obra mediadora única de Cristo, sino es más bien un medio por el cual puede desplegarse su poder en y por medio del Espíritu.

  

69. En nuestra plegaria como cristiano, dirigimos nuestras peticiones a Dios el Padre celestial, en y por medio de Jesucristo, en lo que el Espíritu Santo nos mueve y capacita para rezar. Toda invocación así tiene lugar dentro de la comunión que es el ser y don de Dios. En la vida de plegaria invocamos el nombre de Cristo en solidaridad con toda la iglesia, asistidos por las plegarias de hermanos y hermanas en todo tiempo y  lugar. Como ARCIC ha dicho anteriormente, “el peregrinar de fe del creyente es vivido con el apoyo mutuo de todo el pueblo de Dios. En Cristo todos los fieles, vivos y muertos, son reunidos en una comunión de plegaria” (La Salvación y la Iglesia 22). En la experiencia de esta comunión de plegaria, los creyentes  están concientes de su continua fraternidad con las hermanas y hermanos que “se han dormido”, la “gran nube de testigos” que nos rodea mientras corremos la carrera de la fe. Para algunos, esta intuición significa percibir la presencia de sus amigos; para otros, puede significar la consideración de los temas de la vida con  aquellos que han partido antes en la fe. Tales experiencias intuitivas afirman nuestra solidaridad en Cristo con cristianos de todo tiempo y lugar, no menos con la mujer por medio de quien Cristo se hizo “como nosotros en todas las cosas, excepto el pecado” (Hebreos 4.15).

 

70. Las Escrituras invitan a los cristianos a pedir a sus  hermanos y hermanas que recen por ellos, en y por medio de Cristo (Santiago 5.13-15). Quienes ahora están “con Cristo”, comparten las plegarias y alabanzas incesantes que caracteriza la vida de la gloria (Apocalipsis 5.9-14, 7.9-12, 8.3-4). A la luz de estos testimonios, muchos cristianos han encontrado que hacer peticiones de asistencia en la plegaria puede ser  hecho justa y efectivamente a aquellos miembros de la comunión de los santos distinguidos por su santa vida (Santiago 5.16-18). Es en este sentido que afirmamos que pedir las oraciones de los santos por nosotros no debe ser excluido como no-escritural, aunque no está directamente enseñado en las Escrituras y por ello no es  un elemento esencial de la vida en Cristo. Más aún, estamos de acuerdo en que el modo de buscar esa asistencia en la oración no debe oscurecer el acceso directo de los creyentes a nuestro Padre celestial, quien se deleita en dar buenos dones a sus hijos (Mateo 7.11).

 

 

 

Cuando los creyentes, en el Espíritu y por medio de Cristo, dirigen sus oraciones a Dios, son auxiliados por las plegarias de otros creyentes, especialmente de aquellos que viven verdaderamente en Cristo, ya libres del pecado. Notamos que las formas litúrgicas de plegaria están dirigidas a Dios: estas formas no dirigen la plegaria “a” los santos, sino más bien les piden que  “rueguen por nosotros”. No obstante, en esta y otras instancias, creemos que debe rechazarse cualquier concepto de invocación que diluya la economía trinitaria de la gracia y la esperanza, por no ser consonantes con las Escrituras ni las antiguas tradiciones comunes.

 

 

 

El Ministerio Distintivo de María

 

 

 

71. Entre todos los santos y santas, María toma su lugar como Theotókos: viva en Cristo, ella mora con el que llevó en su vientre, aún “muy favorecida” en la comunión de gracia y esperanza, la ejemplar de la humanidad redimida, un icono de la Iglesia. En consecuencia, se cree que María ejerce un ministerio  distintivo de asistencia a otros a través de su plegaria activa. Muchos cristianos, al leer la crónica de Canaá, sigue escuchando a María que les instruye a hacer “todo lo que él les diga”, y tienen confianza en que ella vuelve la atención de su hijo a sus necesidades: “no tienen vino” (Juan 2.1-12). Muchos experimentan un  sentido de empatía y solidaridad con María, especialmente en momentos cumbre, cuando la crónica de su vida se hace eco de la vida de los creyentes, por ejemplo, en la aceptación de la vocación, el escándalo

 

de su embarazo, el lugar improvisado para su parto, el dar a luz a Jesús o huyendo como una refugiada. Las imágenes de María al pie de la cruz, y la imagen  tradicional de María recibido el cuerpo crucificado de Jesús (la Pietá) el sufrimiento particular de una madre ante la muerte de su hijo. Anglicanos y católico-romanos por igual se reúnen junto a la madre de Cristo, como figura de ternura y compasión.

  

72. El rol maternal de María, afirmado primero en los relatos evangélicos de su relación con Jesús, ha sido desarrollado de formas variadas. Los creyentes cristianos reconocen que María es la madre de Dios  encarnado. Mientras consideramos las palabras agonizantes de nuestro Salvador al discípulo amado: “he ahí a tu madre” (Juan 19.27), quizás podamos escuchar una invitación de honrar a María como “madre de los fieles”: ella cuidará de los fieles como mismo cuidó de su hijo en su hora de necesidad. Si escuchamos cómo se llama a Eva “la madre de los  vivos” (Génesis 3.20), quizás lleguemos a ver a María como madre de la nueva humanidad, activa en su ministerio de indicar el camino a Cristo a todas las personas, buscando el bienestar de todos los vivos.

  

Estamos de acuerdo en que, si bien es necesaria cierta cautela en el empleo de imágenes de este tipo, es apropiado que se apliquen a María, como un modo de honrar su relación única con su hijo y la eficacia en María de la obra redentora de Jesucristo.

 

73. Muchos cristianos creen que, al dar expresión devocional a su apreciación por este ministerio de María, ello enriquece su culto a Dios. Debe respetarse toda auténtica devoción popular a María la que, que por su misma naturaleza despliega una gran diversidad individual, regional y cultural. Las multitudes que se  congregan en algunos sitios donde se cree que María se ha aparecido sugieren que estas apariciones son parte importante de esta devoción y proveen confort espiritual. No obstante, es necesario un cuidadoso discernimiento en la consideración del valor espiritual de cualquiera de estas supuestas apariciones. Esto ha sido enfatizado en recientes documentos de la Iglesia Católica Romana:

 

“La revelación privada… puede ser una ayuda genuina en la comprensión del evangelio y su cumplimiento en un momento particular en el tiempo. Es una ayuda que nos es ofrecida, pero que nadie está obligado a usar… el criterio para la verdad y valor de las revelaciones privadas es, por tanto, su orientación hacia Cristo  mismo. Cuando estas apariciones nos separan de Cristo, cuando se independizan de Cristo o aún llegan a presentarse como un plan de salvación, diferente o mejor, más importante que el Evangelio, entonces la revelación evidencia no proceder del Espíritu Santo”

 

(Congregación para la Doctrina de la Fe, Comentario Teológico sobre el Mensaje de Fátima, 26 Junio 2000). Estamos de acuerdo en que, dentro de los límites explicitados por esta enseñanza para asegurar que se preste a Cristo el honor debido, tales devociones privadas pueden aceptarse, aunque nunca exigirse, de  los creyentes.

 

74. Cuando María fue reconocida, por primera vez, como la madre del Señor por Isabel, ella respondió alabando a Dios y proclamando su justicia hacia los pobres en su Magnificat (Lucas 1.46-55). En la respuesta de María, podemos ver una actitud de pobreza hacia Dios, que refleja el compromiso y  preferencia divinas por los pobres. En su carencia absoluta de poder, María es exaltada por el favor de Dios. Aunque los testimonios de su obediencia y aceptación de la voluntad divina han sido, en ocasiones, empleados para alentar la pasividad y servilismo mudo en las mujeres, con toda justicia se le ha recuperado como un compromiso radical hacia Dios, quien ha tenido misericordia de sus siervos, levantado al  humilde y derribado a los poderosos.

  

Los temas de justicia para la mujer y la liberación de los oprimidos han surgido de la reflexión constante sobre este tremendo cántico de María. Inspiradas por sus palabras, muchas comunidades de hombres y mujeres en todo el mundo se han comprometido con el trabajo a favor de  la justicia para los pobres y los excluidos. Sólo cuando el gozo se une a la justicia y la paz podremos justamente compartir en la economía de la esperanza y la gracia que María proclama y incorpora.

 

75. Al afirmar en común y sin ambigüedad alguna la mediación única de Cristo, que porta frutos en la vida de la Iglesia, no consideramos la práctica de pedir a María y a los santos que recen por nosotros algo que sea un obstáculo para nuestra comunión. Dado que los obstáculos del pasado han sido eliminados por la  clarificación de doctrinas, la reforma litúrgica y las normas prácticas para la aplicación de ésta, creemos que no hay una razón teológica consistente para la división eclesial sobre estos temas.