NUESTRA REGLA

CAPÍTULO XVI:


DE LOS QUE VAN ENTRE INFIELES


Dice el Señor: Mirad, yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como
serpientes y sencillos como palomas (Mt 10,16). Por eso, cualquier hermano que quiera ir entre infieles, vaya con la licencia de su ministro y siervo. Y el ministro déles la licencia y no se oponga, si los ve idóneos para ser enviados; pues tendrá que dar cuenta al Señor, si en esto o en otras cosas procediera sin discernimiento. Y los hermanos que van, pueden conducirse espiritualmente entre ellos de dos modos. Un modo consiste en que no entablen litigios ni contiendas, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios y confiesen que son cristianos. El otro modo consiste en que, cuando vean que agrada al Señor, anuncien la palabra de Dios, para que crean en Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas, y en el Hijo, redentor y salvador, y para que se bauticen y hagan cristianos, porque el que no vuelva a nacer del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios (cf. Jn 3,5).

 

Estas y otras cosas que agraden al Señor, pueden decirles a ellos y a otros, porque dice el Señor en el Evangelio: Todo aquel que me confiese ante los hombres, también yo lo confesaré ante mi Padre que está en los cielos (Mt 10,32). Y: El que se avergüence de mí y de mis palabras, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en su majestad y en la majestad del Padre y de los ángeles (cf. Lc 9,26).


Y todos los hermanos, dondequiera que estén, recuerden que ellos se dieron y que cedieron sus cuerpos al Señor Jesucristo. Y por su amor deben exponerse a los enemigos, tanto visibles como invisibles; porque dice el Señor: El que pierda su vida por mi causa, la salvará para la vida eterna. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán. Y: Si os persiguen en una ciudad, huid a otra. Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres y os maldigan y os persiguan y os expulsen y os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, y cuando digan, mintiendo, toda clase de mal contra vosotros por mi causa (Mt 5,11; Lc 6,22). Alegraos aquel día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa es mucha en los cielos.


Y yo os digo a vosotros, amigos míos: no os aterroricéis por ellos, y no temáis a aquellos que matan el cuerpo y después de esto no tienen más que hacer. Mirad que no os turbéis. Pues en vuestra paciencia poseeréis vuestras almas; y el que persevere hasta el fin, éste será salvo.

CAPÍTULO XVII:


DE LOS PREDICADORES

 

Ningún hermano predique contra la forma e institución de la santa Iglesia y a no ser que le
haya sido concedido por su ministro. Y guárdese el ministro de concederlo sin discernimiento a alguien. Sin embargo, todos los hermanos prediquen con las obras. Y ningún ministro o predicador se apropie el ministerio o servicio de los hermanos o el oficio de la predicación, sino que, a cualquier hora que le fuere ordenado, deje su oficio sin contradicción alguna.


Por eso, suplico en la caridad que es Dios a todos mis hermanos predicadores, orantes, trabajadores, tanto clérigos como laicos, que se esfuercen por humillarse en todas las cosas, por no gloriarse ni gozarse en sí mismos ni ensalzarse interiormente por las palabras y obras buenas, más aún, por ningún bien, que Dios hace o dice y obra alguna vez en ellos y por medio de ellos, según lo que dice el Señor: Pero no os gocéis porque los espíritus se os someten (Lc 10,20). Y sepamos firmemente que no nos pertenecen a nosotros sino los vicios y pecados. Y debemos gozarnos más bien cuando vayamos a dar en diversas tentaciones y cuando soportemos, por la vida eterna, cualquier clase de angustias o tribulaciones del alma o del
cuerpo en este mundo.


Todos los hermanos, por consiguiente, guardémonos de toda soberbia y vanagloria. Y protejámonos de la sabiduría de este mundo y de la prudencia de la carne. Pues el espíritu de la carne quiere y se esfuerza mucho en tener palabras, pero poco en las obras; y no busca la religión y santidad en el espíritu interior, sino que quiere y desea tener una religión y santidad que aparezca exteriormente a los hombres. Y éstos son aquellos de quienes dice el Señor: En verdad os digo, recibieron su recompensa (Mt 6,2). Por el contrario, el espíritu del Señor quiere que la carne sea mortificada. Y se aplica con empeño a la humildad y la paciencia y a la pura y simple y verdadera paz del espíritu. Y siempre desea, sobre todas las cosas, el temor divino y la sabiduría divina y el amor divino del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.


Y devolvamos todos los bienes al Señor Dios altísimo y sumo, y reconozcamos que todos los bienes son de él, y démosle gracias por todos a él, de quien proceden todos los bienes. Y el mismo altísimo y sumo, solo Dios verdadero, tenga y a él se le tributen y él reciba todos los honores y reverencias, todas las alabanzas y bendiciones, todas las gracias y gloria, de quien es todo bien, solo el cual es bueno.


Y cuando veamos u oigamos decir o hacer el mal o blasfemar contra Dios, nosotros bendigamos y hagamos bien y alabemos a Dios, que es bendito por los siglos.

CAPÍTULO XVIII:


CÓMO DEBEN REUNIRSE LOS MINISTROS


Cada ministro podrá reunirse con sus Hermanos todos los años, donde les plazca, en la fiesta de San Miguel Arcángel, para tratar de las cosas que pertenecen a Dios. Ahora bien, todos los ministros que están en las regiones ultramarinas y ultramontanas vendrán una vez cada tres años, y los otros ministros una vez cada año, al capítulo de Pentecostés, a no ser que el ministro y siervo de toda la fraternidad haya ordenado otra cosa.

 


CAPÍTULO XIX:


QUE LOS HERMANOS VIVAN CATÓLICAMENTE


Todos los hermanos sean católicos, vivan y hablen católicamente. Pero si alguno se desviara de la fe y vida católica de palabra o de hecho y no se enmendara, sea expulsado absolutamente de nuestra fraternidad. Y tengamos a todos los clérigos y a todos los religiosos por señores nuestros en aquellas cosas que miran a la salud del alma y no nos desvíen de nuestra religión; y veneremos en el Señor el orden y oficio y ministerio de ellos.


CAPÍTULO XX:


DE LA PENITENCIA Y DE LA RECEPCIÓN DEL CUERPO
Y DE LA SANGRE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

 

Y mis hermanos benditos, tanto clérigos como laicos, confiesen sus pecados a sacerdotes de nuestra religión. Y si no pueden, confiésenlos a otros sacerdotes discretos y católicos, sabiendo firmemente y considerando que, de cualquier sacerdote católico que reciban la penitencia y absolución, serán sin duda alguna absueltos de sus pecados, si procuran cumplir humilde y devotamente la penitencia que les haya sido impuesta. Pero si entonces no pudieran tener sacerdote, confiésense con un hermano suyo, como dice el apóstol Santiago: Confesaos mutuamente vuestros pecados (Sant 5,16). Mas no por esto dejen de recurrir al sacerdote, porque la potestad de atar y desatar ha sido concedida a solos los sacerdotes. Y así, contritos y confesados, reciban el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo con gran humildad y veneración, recordando lo que dice el Señor: El que come mi carne y bebe mi
sangre tiene la vida eterna (cf. Jn 6,54); y: Haced esto en conmemoración mía (Lc 22,19).