NUESTRA REGLA

CAPÍTULO VI:


DEL RECURSO DE LOS HERMANOS AL MINISTRO Y QUE NINGÚN HERMANO SE LLAME PRIOR.


Los hermanos, en cualquier lugar que estén, si no pueden observar nuestra vida, recurran cuanto antes puedan a su ministro y manifiéstenselo. Y el ministro aplíquese a proveerles tal como él mismo querría que se hiciese con él, si estuviera en un caso semejante. Y ninguno se llame prior, sino todos sin excepción llámense hermanos. Y el uno lave los pies del otro.

CAPÍTULO VII:


DEL MODO DE SERVIR Y TRABAJAR


Todos los hermanos, en cualquier lugar en que se encuentren en casa de otros para servir o trabajar, no sean mayordomos ni cancilleres, ni estén al frente de las casas en que sirven; ni acepten ningún oficio que engendre escándalo o cause detrimento a su alma; sino que sean menores y súbditos de todos los que están en la misma casa.


Y los hermanos que saben trabajar, trabajen y ejerzan el mismo oficio que conocen, si no es contrario a la salud del alma y puede realizarse con decoro. Pues dice el profeta: Comerás del fruto de tu trabajo; eres feliz y te irá bien (Sal 127,2 - R); y el apóstol: El que no quiere trabajar, no coma (cf. 2 Tes 3,10); y: Cada uno permanezca en el arte y oficio en que fue llamado (cf. 1 Cor 7,24). Y por el trabajo podrán recibir todas las cosas necesarias. Y cuando sea necesario, vayan por limosna como los otros pobres. Y séales permitido tener las herramientas e instrumentos convenientes para sus oficios.


Todos los hermanos aplíquense a sudar en las buenas obras, porque está escrito: Haz siempre algo bueno, para que el diablo te encuentre ocupado. Y de nuevo: La ociosidad es enemiga del alma. Por eso, los siervos de Dios deben perseverar siempre en la oración o en alguna obra buena.


Guárdense los hermanos, dondequiera que estén, en eremitorios o en otros lugares, de apropiarse ningún lugar ni de defenderlo contra nadie. Y cualquiera que venga a ellos, amigo o adversario, ladrón o bandolero, sea recibido benignamente. Y dondequiera que estén los hermanos y en cualquier lugar en que se encuentren, deben volver a verse espiritual y caritativamente y honrarse unos a otros sin murmuración. Y guárdense de manifestarse externamente tristes e hipócritas sombríos; manifiéstense, por el contrario, gozosos en el Señor, y alegres y convenientemente amables.

CAPÍTULO VIII:


LOS HERMANOS Y LA POBREZA MATERIAL


El Señor manda en el Evangelio: Mirad, guardaos de toda malicia y avaricia (cf. Lc 12,15); y: Guardaos de la solicitud de este siglo y de las preocupaciones de esta vida (cf. Lc 21,34).


Se bendice la pobreza material cuando es la muestra de una pobreza mucho más profunda, la pobreza del alma. La pobreza se puede también considerar como reverencia por la integridad de la creación. La pobreza es la negación para explotar o para manipular el mundo natural en busca de satisfacer sus propios deseos. Reconoce la belleza, la santidad y la calidad de las cosas en la creación. Las valora demasiado para rechazarlas o para desdeñar, porque las recibe como el trabajo de Dios; con todo intenta no poseerlos sino utilizarlos para la gloria de Dios, para el bienestar de la humanidad y de la tierra y de sus criaturas. Para todos los miembros de La Orden Franciscana de la Divina Compasión, sus familias, ropa, medio de transporte, la manera como pasan sus días de fiesta y expresan su relación con todos los tipos de gente deben ser caracterizadas por la simplicidad. Los hermanos deben tener como objetivo el estar libres de todo accesorio a la abundancia y al beneficio material.

CAPÍTULO IX:

 

DEL PEDIR LIMOSNA


Todos los hermanos empéñense en seguir la humildad y pobreza de nuestro Señor Jesucristo,
y recuerden que ninguna otra cosa del mundo entero debemos tener, sino que, como dice el Apóstol: Teniendo alimentos y con qué cubrirnos, estamos contentos con eso (cf. 1 Tim 6,8).  Y deben gozarse cuando conviven con personas de baja condición y despreciadas, con pobres y débiles y enfermos y leprosos y los mendigos de los caminos. Y cuando sea necesario, vayan por limosna. Y no se avergüencen, sino más bien recuerden que nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios vivo omnipotente, puso su faz como roca durísima (Is 50,7), y no se avergonzó. Y fue pobre y huésped y vivió de limosna él y la bienaventurada Virgen y sus discípulos. Y cuando la gente les ultraje y no quiera darles limosna, den gracias de ello a Dios; porque a causa de los ultrajes recibirán gran honor ante el tribunal de nuestro Señor Jesucristo.

 

Y sepan que el ultraje no se imputa a los que lo sufren, sino a los que lo infieren. Y la limosna es herencia y justicia que se debe a los pobres y que nos adquirió nuestro Señor Jesucristo. Y los hermanos que trabajan adquiriéndola tendrán una gran recompensa, y hacen que la ganen y la adquieran los que se la dan; porque todo lo que dejarán los hombres en el mundo perecerá, pero, de la caridad y de las limosnas que hicieron, tendrán premio del Señor. Y confiadamente manifieste el uno al otro su necesidad, para que le encuentre lo necesario y se lo suministre. Y cada uno ame y cuide a su hermano, como la madre ama y cuida a su hijo, en las cosas para las que Dios le dé su gracia. Y el que no come, no juzgue al que come (Rom 14,3).


Y en cualquier tiempo en que sobrevenga la necesidad, sea lícito a todos los hermanos, dondequiera que estén, servirse de todos los manjares que pueden comer los hombres, como el Señor dice de David, el cual comió los panes de la proposición (cf. Mt 12,4), que no era lícito comer sino a los sacerdotes (Mc 2,26). Y recuerden lo que dice el Señor: Velad, no sea que se sobrecarguen vuestros corazones con la crápula y la embriaguez y las preocupaciones de esta vida, y venga sobre vosotros aquel repentino día; pues vendrá como un lazo sobre todos los que habitan sobre la faz del orbe de la tierra (cf. Lc 21,34-35). Igualmente, también en tiempo de manifiesta necesidad, todos los hermanos obren, respecto a las cosas que les son necesarias, según la gracia que el Señor les dé, porque la necesidad no tiene ley.

CAPÍTULO X:

 

DE LOS HERMANOS ENFERMOS

 

Si alguno de los hermanos, dondequiera que esté, cayera enfermo, los otros hermanos no lo abandonen, sino designen a uno o más hermanos, si fuera necesario, que le sirvan como querrían ellos ser servidos; pero, en caso de extrema necesidad, pueden confiarlo a alguna persona que se haga cargo de lo necesario para su enfermedad. Y ruego al hermano enfermo que dé gracias de todo al Creador; y que desee estar tal cual le quiere el Señor, ya sano ya enfermo, porque a todos los que Dios predestinó a la vida eterna, los instruye con el aguijón de los azotes y enfermedades y con el espíritu de compunción, como dice el Señor: Yo a los que amo, los corrijo y castigo (Ap 3,19). Y si alguno se turba o irrita, sea contra Dios sea contra los hermanos, o si tal vez exige con inquietud medicinas, anhelando en demasía liberar la carne que pronto morirá y que es enemiga del alma, eso le viene del malo y él es carnal, y no parece ser de los frailes, porque ama más el cuerpo que el alma.