María Según Las Escrituras

A- MARÍA SEGÚN LAS ESCRITURAS

 

 

 

6. Seguimos convencidos de que las Sagradas Escrituras, como Palabra de Dios escrita, son un

 

testimonio normativa del plan divino de salvación, y es a ellas que nos volvemos primero en esta declaración.

 

 

 

Ciertamente, es imposible ser fiel a las Escrituras y no tomar seriamente a María. No obstante, reconocemos que por varios siglos los anglicanos y católico-romanos han interpretado las Escrituras mientras se hallaban notablemente divididos entre sí. En nuestra reflexión común sobre el testimonio de las Escrituras en cuanto a  María, hemos descubierto más de una pista potencial en la vida de una gran santa. Nos hemos encontrado meditando con admiración y gratitud sobre todo el rango de la historia de la salvación: la creación, elección, la Encarnación, la pasión y resurrección de Cristo, el don del Espíritu en la Iglesia, y la visión final de la vida eterna para todo el pueblo de Dios en la  nueva creación.

 

 

 

7. En los párrafos que siguen, nuestro empleo de las Escrituras busca recorrer toda la tradición de la Iglesia, en la que han sido empleadas lecturas por demás diversas y ricas en sentido. En el Nuevo Testamento, la interpretación más común del Antiguo Testamento es la llamada interpretación tipológica (1). Este abordaje fue particularmente desarrollado por los Padres de la  Iglesia y los predicadores y autores medievales. Los Reformadores enfatizaron en la claridad y suficiencia de las Escrituras, y convocaron a un regreso a la centralidad el mensaje del Evangelio. Los abordajes histórico-críticos trataron de discernir el significado que intentaron los autores bíblicos, y ofrecer una explicación consistente sobre los orígenes del texto.

 

 

 

Cada una de estas lecturas tiene su propias limitaciones, y pueden dar lugar a exageraciones o desbalances: la tipología puede volverse extravagante, la Reforma enfatizó en el reduccionismo, y los métodos críticos pueden pecar de historicismo exagerado. Los abordajes más recientes de la Escritura apuntan al rango de  lecturas posibles para un texto, específicamente sus dimensiones narrativas, retóricas y sociológicas. En esta Declaración, tratamos de integrar lo que es valioso en cada uno de estos abordajes, tanto en la corrección como en las contribuciones a nuestro empleo de las Escrituras.

 

 

 

Más aún, reconocemos que ninguna lectura de un texto es completamente neutral, sino que cada lectura está conformada por el contexto y los intereses de sus lectores. Nuestra lectura, específicamente, ha tenido lugar dentro del contexto de nuestro diálogo en Cristo, por el bien de la comunión que es Su voluntad.

 

 

 

Es por ello una lectura eclesial y ecuménica, que busca la consideración de cada pasaje bíblico sobre María en el contexto del Nuevo Testamento como un todo, contra el trasfondo del Antiguo Testamento, y a la luz de la Tradición.

 

 

 

El Testimonio de las Escrituras: Una Trayectoria de Gracia y Esperanza

 

 

 

8. El Antiguo Testamento da testimonio de la creación divina del hombre y la mujer según la imagen divina, y el llamado amoroso de Dios a una relación de pacto con Él. Aún cuando fue desobedecido, Dios no abandonó a los seres humanos al pecado y el poder de la muerte.

 

  

 

Una y otra vez Dios ofreció un pacto de gracia. Dios hizo un pacto con Noé y nunca más sería destruida “toda carne” por las aguas de un diluvio. El Señor hizo un pacto con Abraham de que, a través suyo, todas las familias de la tierra serían benditas. A través de Moisés, Dios hizo un pacto con Israel para que, en obediencia Su palabra, pudiesen ser una nación santa y un pueblo sacerdotal. Los profetas, una y otra vez, llamaron al pueblo a volverse de la desobediencia al Dios de gracia  en el pacto, a recibir la palabra de Dios y permitir que diera fruto en sus vidas. Miraron con esperanza hacia una renovación del pacto en la que habría una perfecta obediencia y auto-entrega. “Este es el pacto que haré con la casa de Israel después de esos días, dice el Señor: Pondré mi ley en sus mentes y las grabaré en sus  corazones, y yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (Jeremías 31.33). En la profecía de Ezequiel, esta esperanza es expresada no sólo en términos de “lavar y purificar”, sino también del don del Espíritu (Ezequiel 36: 25-28).

 

 

 

9. El pacto entre el Señor y su pueblo es descrito en varias ocasiones como una relación amorosa entre Dios e Israel, la hija virgen de Sión, novia y madre: “Te hice mi juramento solemne y entré en un pacto contigo, así dice el Señor Soberano, y tú te volviste mía” (Ezequiel

 

16.8; Isaías 54.1, Gálatas 4.27). Aún al castigar la infidelidad, Dios sigue siendo fiel, prometiendo restaurar la relación del pacto y reunir al pueblo disperso (Oseas: 1-2; Jeremías 2.2; 31.3; Isaías 62.4-5).

 

 

 

Las imágenes nupciales también aparecen en el Nuevo Testamento, describiendo la relación entre Cristo y la Iglesia (Efesios 5.21-33; Apocalipsis 21.9). En un paralelo a la imagen profética de Israel como la novia del Señor, la literatura salomónica del Antiguo Testamento caracteriza a la Santa Sabiduría como la  doncella del Señor (Proverbios 8.22s; Sabiduría 7.22-26), similarmente enfatizando el tema de nuestra respuesta y actividad creativa. En el Nuevo Testamento, se combinan estos motivos proféticos y de sabiduría (Lucas 11.49), realizados en la venida de Cristo.

 

 

 

10. Las Escrituras también hablan del llamado por Dios de personas específicas, como David, Elías, Jeremías e Isaías, de manera que puedan realizarse ciertas misiones dentro del pueblo de Dios. Estas personas son testigos del don del Espíritu o la presencia de Dios que les habilita a cumplir la voluntad y propósitos de Dios.

 

 

 

También hay profundas reflexiones en lo que Dios conoce y ha llamado desde los mismos comienzos de la existencia (Salmo 139.13-16; Jeremías 1.1-5). Este sentido de admiración ante la gracia prevaleciente de Dios es similarmente manifestado en el Nuevo Testamento, especialmente en los escritos de Pablo, cuando habla de aquellos que son “llamados de acuerdo  al propósito de Dios”, afirmando que aquellos a que Dios “conoció, también predestinó para ser conformados a la imagen de su Hijo… y aquellos a quienes predestinó, les llamó; y aquellos a quienes llamó, los justificó; y aquellos a quienes justificó, también los glorificó” (Romanos 8.28-30, 2 Timoteo 1.9). La preparación divina para una tarea profética es  ejemplificada en las palabras habladas por el ángel a Zacarías ante el nacimiento de Juan el Bautista: “Será lleno del Espíritu Santo, aún en el vientre de su madre” (Lucas 1.15, Jueces 13.3-5).

 

 

 

11. Siguiendo la trayectoria de la gracia de Dios y la esperanza de una respuesta humana perfecta que hemos trazado en los párrafos precedentes, los cristianos, en línea con los escritos del Nuevo Testamento, hemos visto su culminación en la obediencia de Cristo. Dentro de este contexto Cristológico, han discernido un patrón  similar en aquella que habría de recibir la Palabra en su corazón y en su cuerpo, ser cubierta por el Espíritu - “como una sombra”- y dado a luz al Hijo de Dios. El Nuevo Testamento no sólo habla de una preparación divina para el nacimiento del Hijo, sino también de la elección divina, su llamado y santificación de una

 

mujer judía en la descendencia de esas santas mujeres, como Sara y Ana, cuyos hijos cumplieron los propósitos de Dios para con su pueblo. Pablo habla del Hijo de Dios naciendo “en la plenitud de los tiempos” y  “nacido de una mujer, nacido bajo la Ley” (Gálatas 4.4). El nacimiento del hijo de María es el cumplimiento de la voluntad de Dios para Israel, y el rol de María en ese cumplimiento es su consentimiento libre y confiado, de auto-entrega y fe últimas: “He aquí que yo soy la doncella del Señor: cúmplase en mí según tu palabra” (Lucas 1.38, véase Salmo 123.2).

 

 

 

María en la crónica de la Natividad en San Mateo

 

 

 

12. Si bien varias partes del Nuevo Testamento se refieren al nacimiento de Cristo, solamente dos evangelios, Mateo y Lucas, cada uno desde su propia perspectiva, narran la historia de su nacimiento y se refieren, específicamente, a María. Mateo titula su libro “la Génesis de Jesucristo” (1.1) haciéndose eco del modo en que comienza la misma Biblia (Génesis 1.1).

 

 

 

En la genealogía (1.1-18) Mateo remonta la génesis de Jesús hasta el Exilio de David y, eventualmente, a Abraham. También nota el rol inesperado que cuatro mujeres ocupan en el ordenamiento providencial de la historia de la salvación de Israel, cada una de las cuales cuestiona los límites aparentes del pacto. Este énfasis en la continuidad con lo antiguo es balanceada en el posterior recuento del nacimiento de Jesús mediante un énfasis en lo nuevo (véase 9.17), un tipo de re-creación por medio del Espíritu Santo, que revela nuevas posibilidades de salvación que brotan de lo considerado como pecado (1.21) y de la presencia de “Dios con  nosotros” (1.23). Mateo cuestiona más aún los límites de lo “legal” al combinar la ascendencia davídica de Jesús con la paternidad legítima de José, y el nacimiento de Jesús de la Virgen, según la profecía de Isaías –“He aquí que una virgen concebirá y tendrá un hijo” (Isaías 7.14 en la Biblia Septuaginta).

 

13. En la crónica de Mateo, se menciona a María en conjunción con su hijo en tales frases como “María su  madre” o “el niño y su madre” (2.11,13,20,21). Entre toda la intriga política, asesinatos y huidas en este relato, hay un momento tranquilo de reverencia que ha quedado capturado en la imaginación cristiana: los Sabios, cuya profesión es saber cuándo ha llegado el

 

tiempo preciso, arrodillarse en honra al niño Rey con su madre real (2.2,11). Mateo enfatiza la continuidad de Jesucristo con la esperanza mesiánica de Israel y la novedad que viene con el nacimiento del Salvador. La descendencia de David, por cualquiera sea la ruta, y el nacimiento en la ciudad ancestral de la realeza revela la continuidad, y la concepción virginal, la novedad.

 

 

 

María en la crónica de la Natividad de San Lucas

 

 

 

14. En la crónica de Lucas sobre la infancia de Jesús, María es prominente desde el comienzo. Ella es el vínculo entre Juan el Bautista y Jesús, cuyos nacimientos milagrosos son presentados en un paralelo deliberado. Ella recibe el mensaje del ángel y responde en obediencia humilde (1.38). Ella viaja por su cuenta  de Galilea a Judea para visitar a Isabel (1.40) y en su cántico proclama la inversión escatológica que estará en el núcleo de la proclamación de su Hijo del Reino de Dios. María es la que mira más allá de la superficie de los eventos (2.19, 51) y representa lo íntimo de la fe y el sufrimiento (2.35). Ella habla en nombre de José, en la escena en el Templo y, aunque es criticada por su  incomprensión inicial, continúa creciendo en entendimiento (2.48-51).

 

 

 

15. Dentro de la narrativa lucana, dos escenas particulares invitan a la reflexión sobre el lugar de María en la vida de la Iglesia: la Anunciación y la visita a Isabel. Estos pasajes enfatizan que María es, de forma única, un recipiente de la elección y gracia de Dios. La historia de la anunciación recapitula varios incidentes en el Antiguo Testamento, notablemente los  nacimientos de Isaac (Génesis 18.10-14), Sansón (Jueces 13.2-5) y Samuel (1 Samuel 1.1-20).

 

El saludo del ángel también evoca los pasajes en Isaías (66.7-11), Zacarías (9.9) y Sofonías (3.14-17) que evocan la “Hija de Sión”, es decir, a Israel que espera con gozo la llegada de su Señor. Que se hable de “cubrir como una sombra” (episkiasei) para describir la acción del  Espíritu Santo en la concepción virginal (Lucas 1.35) se hace eco de los querubines cubriendo el Arca del Pacto (Éxodo 25.20), la presencia de Dios que cubre como una sombra el Tabernáculo (Éxodo 40.35) y el flotar el Espíritu sobre las aguas en la Creación (Génesis 1.2).

 

 

 

En la Visitación, el cántico de María (Magnificat) refleja el Cántico de Ana (1 Samuel 2.1 - 10), ampliando su alcance, de manera que María se vuelve la que habla por todos los pobres y oprimidos que anhelan por el establecimiento del reinado justo de  Dios. Tal y como en el saludo de Isabel, la madre recibe su propia bendición, distinguible de la que ha recibido su hijo (1.42), de manera que en el Magnificat, María predice que “todas las generaciones me llamarán bendita” (1.48). Este texto provee el fundamento escritural para una devoción apropiada a María, aunque  nunca separada de su rol como madre del Mesías.

 

 

 

16. En la historia de la Anunciación, el ángel llama a María como “la favorecida” del Señor (en Griego, kecharitõmenē, un participio perfecto que significa “aquella que ha sido y sigue estando dotada de gracia”) en un modo que implica una santificación previa por la gracia divina, en vistas de su llamado. El anuncio del  ángel conecta a Jesús como “Santo” e “Hijo de Dios” con su concepción por el Espíritu Santo (1.35).

 

 

 

Por ello, la concepción virginal apunta a la misma descendencia divina del Salvador, que nacerá de María. El niño que aún no ha nacido, es descrito como el Señor por Isabel: “¿Y por qué se me ha concedido que venga a mí la madre de mi Señor?” (1.43). Resulta notable el patrón trinitario de acción divina en estas escenas: la Encarnación del Hijo es iniciada por la elección del Padre de la Bendita Virgen y es mediada por el Espíritu Santo. Igualmente notable es el consentimiento de María, su “Amén”, en fe y libertad, a la poderosa Palabra de Dios comunicada por el ángel (1.38).

 

 

 

17. En la crónica de Lucas del nacimiento de Jesús, la alabanza ofrecida a Dios por los pastores se hace eco de la adoración de los Sabios del niño en la crónica de Mateo. Nuevamente, esta es la escena que constituye el “centro inmóvil” de la crónica de la Natividad:

 

 

 

“encontraron a María y a José y al niño que yacía en un pesebre” (Lucas 2.16). Según la Ley de Moisés, el niño es circuncidado y presentado en el Templo. En esa ocasión, Simeón tiene una palabra profética especial para la madre del niño-Cristo, “una espada partirá tu alma” (Lucas 2.24-35). A partir de este punto, el peregrinar de fe de María lleva hacia el pie de la cruz.

 

 

 

La Concepción Virginal

 

 

 

18. La iniciativa divina en la historia humana es proclamada en las buenas nuevas y en la concepción virginal a través del actuar del Espíritu Santo (Mateo 1.20-23; Lucas 1.34-35). La concepción virginal pueda aparecer, en primera instancia, como una ausencia, es decir, la ausencia de un padre humano. No obstante, en  realidad se trata de un signo de la presencia y obra del Espíritu. La creencia en la concepción virginal es una antigua tradición cristiana, adoptada y desarrollada independientemente por Mateo y Lucas (2) Para los creyentes cristianos, es un signo elocuente de la ascendencia divina de Cristo y de la nueva vida en el  Espíritu. La concepción virginal también apunta a un nuevo nacimiento de todo cristiano, como hijo adoptado de Dios. Cada uno “nace otra vez (de lo alto) por el agua y el Espíritu” (Juan 3.3-5). Bajo esta luz, la concepción virginal, lejos de ser un milagro aislado, es una expresión poderosa de lo que la Iglesia cree sobre  su Señor y sobre nuestra salvación.

 

 

 

María y la Verdadera Familia de Jesús

 

 

 

19. Después de estas historias de la natividad, es algo sorprendente leer el episodio, narrado en los tres evangelios Sinópticos, que considera la cuestión de la verdadera familia de Jesús. Marcos nos dice que la “madre y hermanos” de Jesús (Marcos 3.31) viene y se queda fuera, queriendo hablarle. (3) Jesús, en respuesta,  se distancia de su familia natural, y habla de aquellos reunidos en derredor suyo, su “familia escatológica”, es decir, “cualquiera que cumple la voluntad de Dios” (3.35). Para Marcos, la familia natural de Jesús, incluyendo su propia madre, a estas alturas de los acontecimientos parece carecer de una comprensión de la verdadera naturaleza de su misión. Pero tal será  también el caso con sus discípulos (8.33-35, 9.30-33, 10.35-40). Marcos indica que el crecimiento en esa comprensión es algo inevitablemente lento y doloroso, y que no se alcanza la fe genuina en Cristo hasta el

 

encuentro con la cruz y la tumba vacía.

 

 

 

20. En Lucas, se evita un contraste marcado entre las actitudes hacia Jesús de su familia natural y la escatológica (Lucas 8.19-21). En una escena posterior (11.27-28) Jesús responde a la mujer en la multitud que pronuncia una bendición para su madre: “bendito el vientre que te llevó y los pechos de que mamaste” con “Benditos son aquellos que escuchan la palabra de Dios

 

y la guardan”. Pero esa forma de bendición, en la perspectiva de Lucas, incluye definitivamente a María quien, desde el comienzo del relato, estaba lista para renunciar a todo en su vida y dejarse guiar por la voluntad expresada en la palabra de Dios.

 

 

 

21. En su segundo libro, los Hechos de los Apóstoles, Lucas nota que, entre la Ascensión del Señor Resucitado y la fiesta de Pentecostés, los apóstoles estaban reunidos en Jerusalén “junto con las mujeres y María la madre de Jesús, y con sus hermanos” (Hechos 1.14). María, que fue receptiva al obrar del Espíritu de  Dios en el nacimiento del Mesías (Lucas 1.35-38) es

 

aquí parte de una comunidad de discípulos que esperan en oración por el desbordamiento del Espíritu en el nacimiento de la Iglesia.

 

 

 

María en el Evangelio según San Juan

 

 

 

22. María no es mencionada explícitamente en el Prólogo del Evangelio según San Juan. No obstante, puede discernirse algo de la significación de su rol en la historia de la salvación al colocarla en el contexto de las verdades teológicas consideradas que el evangelista articula en su presentación de las buenas nuevas de la  Encarnación. El énfasis teológico sobre la iniciativa

 

divina, que se expresa en las narrativas de Lucas y Mateo en la historia del nacimiento de Jesús, es colocada de manera paralela en el Prólogo de Juan por un énfasis en la voluntad y gracia predestinados de Dios, por medio de las que se afirma que todos los que son traídos al nuevo nacimiento son nacidos “no de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios” (1.13). Estas son palabras que podrían aplicarse al nacimiento de Jesús mismo.

 

 

 

23. Juan nota la presencia de la madre de Jesús en dos momentos importantes de la vida de Jesús, el comienzo (la boda en Canaán) y el final (la cruz). Ambas son horas de necesidad: la primera es, en apariencia, más bien trivial, pero es también, a un nivel más profundo, una asimilación simbólica de la segunda. Juan reserva  una posición de prominencia en su Evangelio a la boda en Canaán (2.1-12), llamándola el comienzo (archē) de los signos de Jesús. El relato enfatiza el nuevo vino que trae Jesús, simbolizando la fiesta de bodas escatológica de Dios con su pueblo y el banquete mesiánico del Reino. La historia comunica, a un nivel primario, un  mensaje Cristológico. Jesús revela su gloria mesiánica a sus discípulos y ellos creen en él (2.11).

 

 

 

24. La presencia de “la madre de Jesús” es mencionada al comienzo del relato: ella tiene un rol distintivo en el despliegue de la narración. María parece haber sido invitada y tener derecho a estar presente por sí misma, y no con “Jesús y sus discípulos” (2.1-2). Jesús, inicialmente, es visto como presente y parte de la  familia de su madre. En el diálogo que se origina al terminarse el vino, Jesús parece, en principio, rechazar la solicitud implícita de su madre, pero al final accede a la misma. No obstante, esta lectura del relato deja espacio para una lectura simbólica más profunda del evento.

 

 

 

En las palabras de María, “no tienen vino”, Juan le adscribe no tanto la expresión de una deficiencia en los preparativos de la boda, sino más bien el anhelo de salvación de todo el pueblo del pacto, que practica las purificaciones con agua pero carecen del vino gozoso del reino mesiánico. En su respuesta, Jesús comienza con un cuestionamiento de su anterior relación con  María (“¿Qué hay entre nosotros?”), implicando que ha tenido lugar un cambio. Jesús no se dirige a María como “madre”, sino como “mujer” (véase Juan 19.26). Jesús ya no ve la relación con María como de una mera familiaridad terrenal.

 

 

 

25. La respuesta de María de instruir a los sirvientes a que hagan “todo lo que él les diga” (2.5) es algo inesperado; ella no está a cargo de la fiesta (véase 2.8). Su rol inicial como la madre de Jesús ha cambiado radicalmente. Ella misma es ahora vista como una  creyente dentro de la comunidad mesiánica. Desde este momento, ella se compromete totalmente al Mesías y su palabra: “Después de esto, Jesús descendió a Capernaum, con su madre y sus hermanos y sus discípulos” (2.12). La narración de Canaán comienza colocando a Jesús dentro de la familia de María, su madre; de ahora en adelante, María es parte de la “compañía de Jesús”, su discípula. Nuestra lectura de  este pasaje refleja la comprensión de la Iglesia sobre el rol de María: ayudar a los discípulos a llegar a su hijo, Jesucristo, y “hacer todo lo que él les diga”.

 

 

 

26. Juan menciona la presencia de María por segunda vez durante la hora decisiva de la misión mesiánica de Jesús, su crucifixión (19.25-27). Junto a la cruz, con otros discípulos, María comparte en el sufrimiento de Jesús quien, en sus últimos momentos, le dirige una palabra especial: “Mujer, he ahí a tu hijo”, y al  discípulo amado: “He aquí a tu madre”. No podemos sino conmovernos ante el hecho que, aún en sus momentos de agonía, Jesús se preocupa por el bienestar de su madre, mostrando su afecto filial. Esta lectura superficial invita, nuevamente, a una lectura simbólica y eclesial de la rica narrativa de Juan.

 

 

 

Estas últimas disposiciones de Jesús antes de morir revelan una comprensión más profunda que su referencia primaria a María y el “discípulo amado” como individuos. Los roles recíprocos de la “mujer” y el “discípulo” están relacionados con la identidad de la Iglesia. En el resto del texto de Juan, el discípulo  amado es presentado como el discípulo modelo de Jesús, el que le era más cercano, el que nunca le abandonó, el objeto del amor de Jesús y su más fiel testigo (13.25, 19.26, 20.1-10, 21.20-25). Entendidas en términos de discipulado, las palabras agonizantes de Jesús otorgan a María un rol maternal en la Iglesia y alientan a la comunidad de discípulos a recibirla y  abrazarla como su madre espiritual.

 

 

 

27. Una comprensión corporativa de “mujer” también llama constantemente a la Iglesia a contemplar a Cristo crucificado y llama a cada discípulo a cuidar de la Iglesia como una madre. Aquí pueda estar implícita una tipología Eva-María: justo como la primera “mujer” fue sacada de la “costilla” de Adán (Génesis 2.22, pleura  LXX) y se convirtió en madre de todos los vivos (Génesis 3.20), así la “mujer” María es, a un nivel espiritual, la madre de todos los que reciben la vida verdadera del agua y la sangre que brotan del costado (Griego, pleura, lit. “costilla”) y del Espíritu que sopla de su sacrificio triunfal (19.30, 20.22, también Juan 5.8).

 

 

 

En tales lecturas simbólicas y corporativas, las imágenes de la Iglesia, María y el discipulado interactúan entre sí. María es vista como la personificación de Israel, que ahora da a luz a la comunidad cristiana (Isaías 54.1, 66.7-8), tal y como había dado a luz, anteriormente, al Mesías (Isaías 7.14).

 

 

 

Cuando contemplamos bajo esta luz las crónicas de Juan sobre María al comienzo y final del ministerio de Jesús, es difícil entonces hablar de la Iglesia sin pensar en María, la Madre del Señor, como su arquetipo y primera realización.

 

 

 

La mujer en Apocalipsis 12

 

 

 

28. En un lenguaje altamente simbólico, lleno de imágenes bíblicas, el vidente del Apocalipsis describe la visión de un signo en el cielo que incluye una mujer, un dragón y el hijo de la mujer. La narración de Apocalipsis 12 sirve para asegurar al lector de la eventual victoria de los fieles de Dios en tiempos de persecución y luchas escatológicas. En el curso de la historia, el símbolo de la mujer ha llevado a una variedad de interpretaciones.

 

 

 

La mayoría de los estudiosos aceptan que el significado primario de la mujer es de tipo corporativo: el pueblo de Dios, sea Israel, la Iglesia de Cristo, o ambos. Más aún, el estilo narrativo del autor sugiere que la “imagen completa” de la mujer sólo es percibida al final del

 

libro, cuando la Iglesia de Cristo se convierte en la Nueva Jerusalén triunfante (Apocalipsis 21.1-3). Los  verdaderos problemas de la comunidad del autor de Apocalipsis son colocados en el espacio mayor de la historia toda, que es escenario de la lucha continua entre los fieles y sus enemigos, entre el bien y el mal, entre Dios y Satanás. La imaginería de la descendencia

 

nos recuerda de la lucha en Génesis 3-15 entre la serpiente y la mujer, entre la semilla de la serpiente y la semilla de la mujer (4).

 

 

 

29. Dada esta interpretación eclesial primaria de Apocalipsis 12, ¿es aún posible encontrar en ella una referencia secundaria a María? El texto no identifica explícitamente a la mujer con María, sino que se refiere a la mujer como la madre del “niño varón que gobernará a todas las naciones con un cetro de hierro”, una cita del Salmo 2 que en otras instancias del Nuevo Testamento se aplica tanto al Mesías como al pueblo fiel de Dios (Hebreos 1.5, 5.5; Hechos 13.33, Apocalipsis 2.27). En vista de lo anterior, al leer este capítulo, algunos escritores patrísticos pensaron en la  madre de Jesús (5).

 

 

 

Dado el lugar del libro de Apocalipsis dentro del canon de la Biblia, en el que se entretejen diferentes imágenes bíblicas, surgió la posibilidad de una interpretación más explícita, tanto individual como comunitaria, de Apocalipsis 12, que iluminaba el lugar de María y la Iglesia en la victoria escatológica del Mesías.

 

 

 

Reflexión bíblica

 

 

 

30. El testimonio bíblico reúne a todos los creyentes en cada generación para llamar “bendita” a María: esta mujer judía de clase humilde, esta hija de Israel que vivía en la esperanza de justicia para el pobre, a quien Dios ha agraciado y elegido para ser la madre virgen de su Hijo, tras ser cubierta “como una sombra” por el Espíritu Santo.

 

 

 

Hemos de bendecirla como la “doncella del Señor” quien dio su consentimiento confiado a la realización del plan salvífico de Dios, como la madre que consideraba todas las cosas en su corazón, como la refugiada que busca asilo en una tierra extranjera, como la madre atravesada por el sufrimiento inocente de su propio hijo, y como la mujer a quien Jesús confió el cuidado de sus amigos. Estamos unidos con ella y con los apóstoles, mientras rezan por el desbordamiento del Espíritu sobre la Iglesia naciente, la familia escatológica de Cristo. Y quizás podamos aún ver en ella el destino final del pueblo de Dios de compartir de  la victoria de su hijo sobre los poderes del mal y de la muerte.