Mariología Anglicana

 

Se puede comenzar diciendo que no hay nada en el anglicanismo que sea una Teología sobre la Virgen. Esto es debido a que en la Iglesia anglicana no hay ninguna doctrina oficial sobre la Virgen –salvo lo incluido en el Libro de Oración Común y tampoco ningún tratado específico dedicado a la Mariología. Como en otros temas doctrinales, los anglicanos pueden aceptar más o menos las prerrogativas de la Virgen y ser más o menos devotos de María.

 

 

 

Intentar reunir las doctrinas anglicanas sobre María tropieza con varias dificultades. La primera, la ya citada falta de una autoridad doctrinal. Después, el llamativo hecho de la diferente sensibilidad respecto a Nuestra Señora entre la llamada High Church o Anglocatolicos y la Low Church o Evangelistas.

 

 

 

Además, hay una tendencia liberal radical en materia de fe, la Broad Church. Otra característica singular es el desconocimiento del culto de hiperdulía (Veneración de los Santos)  que la Iglesia católica rinde a la Virgen: los anglicanos, junto a los protestantes, llevan siglos acusando a los católicos de idolatras por su devoción a la Virgen, y así se acuno el término de Mariolatría.

 

 

 

De otra parte, la Comunión Anglicana afirma que no tiene una teología especifica porque no se considera una nueva iglesia, sino parte de la única Iglesia fundada por Jesucristo, pero expurgada de los errores y vicios prácticos que la Iglesia de Roma tenía en el tiempo de la Reforma. Por lo tanto, la Iglesia de Inglaterra acepta como fuentes las Sagradas Escrituras, con los comentarios de los Padres, tanto griegos como latinos; los Concilios ecuménicos y los Símbolos de la Fe, tanto el de los Apóstoles, como el de Nicea y el llamado Símbolo Atanasiano.

 

 

 

 

 

También –a diferencia de los calvinistas– creen en la Iglesia jerárquica, con los tres órdenes de obispos, sacerdotes y diáconos. Aceptan además el principio de sacramentalidad, aunque con dudas en algunos de los sacramentos.

 

 

 

Es claro, pues, que no niegan que María Virgen es la Madre de Dios, por haber engendrado a Jesucristo por obra del Espíritu Santo. Pero se han puesto en duda algunos de sus privilegios y, sin duda, bajo la influencia protestante han rechazado el culto a la Virgen y la súplica de su intercesión ante su Hijo.

 

 

 

Comenzaremos resumiendo la historia de la reforma, sobre todo en lo que atañe a la Virgen Santísima. Posteriormente recogeremos algunos ejemplos de cómo, tal que fuera un rio subterráneo, sigue fluyendo en la literatura anglicana el amor a la Virgen.

 

 

 

Como es sabido, hay una variedad de teólogos británicos que se distinguieron por sus escritos sobre la Virgen María. Desde san Anselmo de Canterbury, Eadmero, Aelredo de Rievaulx, Nicolas de St. Alban, Robert Grosseteste, William de Ware, hasta llegar a Duns Scoto. De hecho, Eadmero –companero, amigo y secretario de san Anselmo– es quien primer usa el argumento decuit, ergo fecit pensando en la Inmaculada Concepcion.

 

 

 

Posteriormente, Duns Scoto desarrolla el pensamiento con la redención preventiva de María. La fiesta de la Inmaculada se celebraba en Inglaterra desde el siglo XI. Sin embargo, en el tempestuoso siglo XVI, los ataques más contundentes contra la religión católica se dirigen contra la teología y la devoción a la Virgen.

 

 

 

Es muy significativo que Inglaterra tenia a gala ser llamada The dowry of Mary, la Dote de María. Al comienzo del siglo XVI las peregrinaciones a los santuarios marianos están en auge y la piedad popular difunde y exagera la intercesión de María. Ciertamente el pueblo llano tenía una gran afición a las leyendas y los evangelios apócrifos como en el resto de la Europa medieval.

 

 

 

Pero nada podía hacer sospechar que, pocos años después, se desencadenara una autentica persecución contra todo lo concerniente a la Virgen y su devoción.

 

 

 

A partir de la caída de Wolsey (1529),  con el Acta de Supremacía (3 de noviembre de 1534) comienza el cisma de la Iglesia de Inglaterra. El arzobispo de Canterbury, Thomas Crammer, nombrado aun con el consentimiento de Roma, será el principal fautor, junto con Thomas Cromwell, de llevar a cabo la Reforma Anglicana. Por la defensa de la fe se suceden las muertes de los mártires. El 4 de mayo de 1535 son decapitados san John Houghton, san Robert Lawrence y san Augustine Webster, todos ellos priores de sendas Cartujas, junto a un párroco, san John Hale, y un monje brigidino, san Richard Reynolds. Poco después, toda la cristiandad se estremece ante la noticia del martirio de Tomas Moro y John Fisher, los dos más importantes y conocidos autores del Renacimiento inglés, pero admirados aún más por su talla moral.

 

 

 

 

 

Los “Diez Artículos” de 1536 declaran su respeto por los Padres de la Iglesia y los cuatro concilios, incluido Éfeso y su dogma de la Maternidad divina de María. Incluso aprobaba las imágenes que “encienden y aumentan las mentes de los hombres” ayudándoles a lamentar sus pecados. Declara específicamente que se refiere a las imágenes de Cristo y de la Virgen.

 

 

 

Pero prohibía “incensar, arrodillarse o hacer ofrendas ante esas imágenes”. Animaba a pedir la intercesión de los santos: “es laudable rezar a los santos en el cielo, que viven eternamente y cuya caridad es siempre permanente, para que intercedan y recen por nosotros y con nosotros al Padre, para que, por su querido Hijo Jesucristo, tengamos la gracia y la remisión de nuestros pecados y un más ardiente deseo –no faltando la fuerza espiritual– para observar y guardar sus santos mandamientos y nunca disminuir en esto, hasta el fin de nuestras vidas; y de este modo podemos rezar a la Bendita Señora, a san Juan Bautista, a todos los apóstoles y a otro cualquier santo particularmente, según nuestra devoción nos dicte” No obstante, solo mencionaba tres sacramentos.

 

 

 

El movimiento de la Peregrinación de Gracia surgió el 13 de octubre de 1536. La causa de este levantamiento se puede decir que fueron agravios de tipo político, económico y religioso. Entre los primeros estaba el rechazo de muchos habitantes del norte al repudio de la reina Catalina de Aragón y la boda de Enrique con Ana Bolena. Como veremos, una de las reclamaciones de los sublevados era tambien que Thomas Cromwell, Crammer y Richard Rich y los obispos heréticos fueran removidos de sus puestos. También existían agravios económicos. La pequeña nobleza del norte (Gentry) estaba preocupada por los “Estatutos de Usos”. Los estatutos de uso suponían que los impuestos deberían pagarlos los arrendatarios de la tierra y no sus propietarios, habitualmente los nobles y la misma Corona. También había miedo a una nueva recolección de impuestos, además de que las cosechas habían sido malas, lo cual había hecho que los precios de los alimentos subieran considerablemente.

 

 

 

Pero para este estudio nos interesan, sobre todo, las motivaciones religiosas. La iglesia local era para muchas gentes del Norte el centro de su comunidad. A muchos campesinos les preocupaba el hecho de que los bienes de la iglesia fueran confiscados. De hecho, surgieron incluso rumores, que decían que hasta el bautismo podría ser gravado con unos impuestos.

 

 

 

La supresión de los monasterios y la publicación de los “Ten Articles and the new order of prayer” que organizaban la nueva religión del Estado, iban contra los principios tradicionales de la mayor parte de los norteños. De hecho, la chispa que encendió la rebelión fue un encendido sermón del párroco de Louth, en Lincolnshire, Thomas Kendall, escolar de Balliol, en Oxford, con prestigio de buen orador y riguroso teólogo. Entre los agravios denuncio expresamente la “nueva religión que la Corona y sus secuaces están propagando en contra de la total devoción a la Virgen María”. Doce días después comienza propiamente la Peregrinación de Gracia en Yorkshire. Robert Aske, un abogado londinense que residía en los Inns of Court, hijo menor de Sir Robert Aske de Aughton, cerca de Selby, fue elegido líder de los insurgentes. Aske dirigió a más de nueve mil hombres que lograron ocupar la ciudad de York. Allí se consiguió que los monjes y monjas exclaustrados volvieran a sus casas, expulsaron a los arrendatarios que el rey acababa de poner en la tierra de los monasterios y volvieron a la observancia católica. En su Narrative to the King, Aske enumeraba los agravios, afirmando que “en todas partes del reino, los corazones de los hombres están muy resentidos por la supresión de las abadías y de los primeros frutos, por esa razón igual daría la destrucción de toda la religión en Inglaterra. Y su especial disgusto contra el lord Crumwell” (sic). El éxito de la rebelión fue tan grande que los enviados reales, Thomas Howard, tercer Duque de Norfolk y George Talbot, cuarto Conde de Shrewsbury, se vieron obligados a abrir negociaciones con los insurrectos en Doncaster, donde Aske habia reunido cerca de treinta mil hombres.

 

 

 

Enrique VIII dio poderes a Norfolk para declarar un perdón general y asegurar que todas sus peticiones serian tratadas en el Parlamento un ano después. Confiando en las promesas del Rey, Aske disolvió a sus seguidores. Las promesas del Rey no se cumplieron y en enero de 1537 comenzó una nueva rebelión, que Aske intento impedir, en Cumberland y Westmoreland, llamada rebelión de Bigod, porque al mando de la misma estuvo Sir Francis Bigod, del North Riding de Yorkshire. Ante esto, el Rey manda arrestar a Aske y a otros lideres de la revuelta como Darcy, Constable y el mismo Bigod, que fueron acusados de traición y ejecutados. Aske fue colgado con cadenas en las paredes del castillo de York como advertencia para otros posibles rebeldes.

 

 

 

Sir John Bigod y otros ocho caballeros, los abades de Barlings, Sawley, Fountains y Jervaulx, y el prior de Bridlington fueron ejecutados en julio de 1537. En total, 216 personas fueron condenadas a muerte, señores y caballeros, media docena de abades, 38 monjes y 16 sacerdotes parroquiales. La pérdida de los lideres permitió al duque de Norfolk sofocar el levantamiento, dando por finalizada la rebelión.

 

 

 

Cromwell convoco un sínodo de obispos y doctores. En julio, el sínodo, coordinado por Crammer y Foxe había preparado un documento The institution of a Christian Man, más conocido por Bishops’ Book; en octubre estaba en circulación, aunque el rey no había dado aún su pleno consentimiento.

 

 

 

Acerca de la Virgen, se afirma que “tanto en la Concepción como en el Nacimiento e incluso después, retuvo su virginidad pura e inmaculada y tan sin mancha como cuando nació pura, santa y sin contaminación”. Se dedican cinco páginas a la explicación del Ave María, dicha “en honor del Señor y parcialmente en el de la Virgen, por su humilde consentimiento dado y expresado al Ángel tras su saludo”. También se afirma que María está llena de gracia “porque concibió y dio a luz al autor de todas las gracias”. Reiteradamente se dice que “esta Virgen Bendita fue elegida para ser el instrumento de nuestra reparación, al ser escogida para dar a luz al Salvador y Redentor del mundo”.

 

 

 

Además, otro resultado positivo fue que los cuatro sacramentos que se habían omitido en los Diez Artículos, fueron restituidos en el Bishops’ Book en 1537, marcando el fin de la doctrina oficial cercana al protestantismo.

 

 

 

El Libro de los Obispos fue seguido por los Seis Artículos en 1539, pero la disolución de los monasterios continuo sin cesar, hasta que el 23 de marzo de 1540 desaparece el último, el de Wilthom, que era anterior a la conquista de Guillermo de Normandía.

 

 

 

En el verano de 1538 –el largo verano iconoclasta– se destruyen los santuarios de Willesden (donde peregrino Tomas Moro una semana antes de su arresto), Ipswich, donde se veneraba a Nuestra Señora de Gracia, y Walshinghan, el más famoso santuario mariano de Inglaterra. El mismo Enrique VIII le había regalado a la Virgen un anillo de oro. Las imágenes, trasladadas a Londres se quemaron cerca de Chelsea Manor, la casa de santo Tomas Moro, que sería cedida a Thomas Cromwell. En septiembre siguió la destrucción de Caversham y Penrhys. El más famoso santuario de Inglaterra era el de santo Tomas Becket.

 

 

 

Enrique VIII veía con prevención la veneración de alguien como Becket, que se había opuesto al poder real en defensa de los derechos de la Iglesia. También, tanto Cromwell como el, eran conscientes de las grandes riquezas que había recibido el santuario de las donaciones de los peregrinos, durante siglos, y estaban deseosos de hacerse con ellas. El 17 de diciembre de 1538, al recibir la noticia de la destrucción de este santuario, el Papa decreta la excomunión del Rey, que había sido renuente a hacerla pública en 1534. En 1540 se produce la profanación de la capilla de Nuestra Señora en la Catedral de Ely; decapitan las imágenes “para que no quede ninguna memoria en paredes, vidrieras, ni algún otro sitio”. Vale la pena preguntarse el porqué de este furor iconoclasta. Según

 

Hugh Latimer, la imagen de la Virgen de Worcester es un “instrumento del diablo” y las imágenes de la Virgen pueden hacer una buena hoguera, que “al contrario de los herejes, no estarían ardiendo todo el día”. El mismo Latimer escribió a Cromwell, diciendo que esas imágenes son “un instrumento diabólico, me temo, para llevar a muchos al fuego eterno”.

 

 

 

En una obra, ya clásica del profesor Eamon Duffy, se dice que la iconoclasia fue el sacramento central de la Reforma. Se trataba de destruir el entero sistema del culto católico.

 

 

 

En el Estatuto de Seis Artículos de 1539 (An act abolishing Diversity in Opinions), Enrique quería impresionar a los estados católicos con su ortodoxia, así que en ellos afirma la presencia real de Cristo en la Eucaristía, la Comunión solo con el pan, la prohibición a los sacerdotes de contraer matrimonio, la guarda de los votos de castidad, la legitimidad de las misas privadas y la necesidad de la confesión auricular. La pena por no cumplir los deberes de confesar y comulgar son prisión y multa y, en caso de reincidencia o contumacia, la pena de muerte y la confiscación de todos sus bienes. En el primer artículo, afirmando la transustanciación, dice que en la Eucaristía están “los naturales Cuerpo y Sangre de nuestro Salvador Jesucristo, concebido por la Virgen María, y después de la consagración no quedan la sustancia del pan y del vino, sino la sustancia de Cristo, Dios y hombre”. Los consejeros mas conservadores van desvaneciéndose, no sin antes conseguir esta victoria contra Crammer –que tiene que devolver su esposa a Alemania– y la dimisión de los obispos de Worcester, Hugh Latimer, y de Salisbury, Nicholas Shaxton.

 

 

 

Los artículos eran denominados por muchos protestantes como “el sangriento látigo de seis colas”, Según Foxe “la doctrina contenida en esa sangrienta Acta no merece ser conservada en la memoria de los cristianos, sino más bien debería ser enterrada en el perpetuo olvido”. Esta acta mantuvo su vigor hasta que fue anulada en el primer parlamento de Eduardo VI en 1547.

 

 

 

En 1543, asesorado por Redman, un hábil teólogo, Enrique VIII publica The King’s Book, bajo el titulo de The necessary Doctrine and Erudition for any Christian Man. Acerca de Nuestra Señora, refiriéndose a los que “no temen colocar a todas las mujeres en el mismo nivel que la santa Virgen”, los condena rotundamente: “lejos de las mentes cristianas tal blasfemia”.

 

 

 

La correcta doctrina mariana de este libro es similar a los anteriores textos. Todo cambiaria a su muerte.

 

 

 

Como un primer paso para verter la liturgia a la lengua vernácula, Crammer tradujo las letanías al inglés en 1544, modificándolas. Así, por ejemplo, suprimió el triple Kyrie eleyson. En las antiguas letanías se invocaban a los santos, Crammer mantuvo las invocaciones, comenzando por “santa María, Madre de Dios, nuestro Salvador Jesucristo, ruega por nosotros”. Después se invocaban a los ángeles y en una tercera oración a todos los patriarcas, profetas, apóstoles, mártires confesores y vírgenes “y toda la bendita compañía del cielo”. En la revisión para el breviario en 1545 siguen apareciendo estas cláusulas, que desaparecen por completo en las Letanías de Eduardo VI. Esta revisión solo se uso durante quince meses, hasta que se aprobó el primer Prayer Book.

 

 

 

Al comienzo del reinado de Eduardo, se introduce la comunión bajo las dos especies, lo que exige algún cambio litúrgico. Para hacer los cambios más paulatinos se redacta una instrucción sobre el Orden de la Comunión, que se insertaría en la Misa –aun solo en latín– por lo que aparece incompleta. En esa liturgia de la Comunión se cita a la Virgen. También se mantienen dos fiestas de la Virgen, la Purificación y la Anunciación.

 

 

 

El Protector del Rey niño fue su tío Eduardo, creado duque de Somerset. Pero en enero de 1550 es depuesto por el Parlamento y sustituido por su rival John Dudley, conde de Warwick y más tarde duque de Northumberland. El partido conservador quedaba en desventaja y la oportunidad fue aprovechada por Crammer. En los primeros nueve meses sigue siendo legal la Misa en latín, según la liturgia del Sarum. En julio se establece que epístola y evangelio han de leerse en lengua vernacula y también la letanía, que debe ser dicha antes de la Misa. El 21 de febrero de 1548 se ordena la destrucción de todas las imágenes de las iglesias. Al mismo tiempo se publica un libro de homilías. Algunos obispos como Bonner y Gardiner fueron enviados a prisión por negarse a aceptarlas. Fueron excarcelados por el perdón general de enero. Más tarde, al ser “recalcitrantes” fueron encarcelados de nuevo para el resto del reinado.

 

 

 

El Parlamento anulo en 1547 los Seis Artículos, modifico el Acta de la Traición y anulo las leyes contra las herejías. Pero “la destrucción de imágenes y santuarios, el espolio de las iglesias y el abandono de muchas ceremonias, consideradas superfluas o supersticiosas habían ido peligrosamente lejos (...). Algo más constructivo se necesitaba para preservar y estabilizar el culto con orden y decencia”.

 

 

 

El primer Libro de oración común  de Crammer se aprueba en 1549, con 42 artículos. En su proclamación se comienza ordenando que se recibirá la Comunión bajo las dos especies y que este libro se publica “para trabajar para la reforma, estableciendo tales divinas ordenes, como debe ser para mayor gloria de Dios, para edificación de nuestros vasallos y para el avance de la verdadera religión”.

 

 

 

Crammer llevaba tiempo estudiando liturgia. En su biblioteca estaba el Breviario el cardenal Quignon (aprobado por Paulo III, mas luego condenado por Pio V en 1568), mucha literatura luterana, la Consultatio Pia del arzobispo Hermann, muy inspirado en las obras de Bucer. También tenía una traducción de la liturgia de san Juan Crisóstomo. Para Crammer era evidente que el Libro de Oración Común seria de mejor servicio para la causa de la religión anglicana que los Artículos de fe. Se trataba de reformar la lex orandi.

 

 

 

Con esto y una circulación de la Biblia protestante se “podía tener un mayor efecto en la causa de la religión de los ingleses por los siglos venideros, que las definiciones doctrinales que reflejaban las controversias del tiempo”.

 

 

 

En la comisión de obispos y teólogos que presidio Crammer, se decidió que los servicios religiosos fueran en lengua vernácula. El proyecto se presentó en el Parlamento, y tuvo dificultades en la Cámara de los Lores, pues solo votaron a favor trece obispos y diez lo hicieron en contra. Fue aprobada bajo el nombre de Acta de la Uniformidad el 21 de enero. En el prefacio del libro, Crammer citaba casi literalmente palabras de Quignon en su Breviario (mas simplificado del que estaba en uso en la Iglesia católica).

 

 

 

Ambos suprimían el Oficio de la Virgen María El nuevo Libro de Oración Común  vernáculo fue impuesto al país el domingo de Pentecostés 9 de junio de 1549.

 

 

 

Con el se introducen las doctrinas protestantes de los teólogos alemanes, aunque era moderado en su lenguaje, pues Gardiner opinaba que podía permitir una interpretación católica.

 

 

 

Crammer escribió una prosa notablemente atractiva, buscando conservar la armonía de las oraciones en latín, junto a su brevedad. A. F. Pollard opino que Crammer dio a la Iglesia “el más efectivo de sus bienes”.

 

 

 

El 10 de junio, una multitud de campesinos de Devonshire, luego de haber experimentado el nuevo rito, forzaron a su párroco a restaurar la Misa. En menos de diez días, un ejército popular de alrededor de seis mil personas –es difícil tener cifras exactas– había tomado Crédito y amenazaba a Exeter. Las reivindicaciones eran sencillas y precisas, y no atañían sino a la Fe. Pedían que la Misa fuese restituida y que el Santísimo Sacramento fuese de nuevo guardado en un lugar eminente.

 

 

 

“No aceptaremos –dijeron– el nuevo servicio, porque no es sino como una representación de Navidad, pero nosotros queremos tener nuestro antiguo servicio de Maitines, Misa, Completas y Procesión (las Letanías de Nuestra Señora) en latín y que cada predicador en su sermón y cada sacerdote, en su Misa, rece expresamente por las almas del Purgatorio como hacían nuestros antepasados”. Crammer monto en cólera no solo en razón de las reivindicaciones mismas, sino, más aun, por el hecho de que ignorantes paisanos, (“Hob, Will y Dick” les llama despreciativamente) tuviesen la audacia de juzgar su teología. Así, les escribía: “Oh gente ignorante de Devonshire y de Cornwall, apenas escuché vuestros artículos pensé que habíais sido incitados por algunos taimados papistas a pedir no se sabe qué. Hacéis ver que espíritu conduce a aquellos que os han persuadido de que la palabra de Dios no es sino como una obra de teatro de Navidad. ¿Acaso no es más un juego y una broma el escuchar al sacerdote que habla al pueblo en voz alta en latín? En el servicio ingles no hay sino la Palabra eterna de Dios. Si no es a vuestros ojos sino un juego de Navidad, pienso que no sois tanto vosotros los que hay que reprobar, como los sacerdotes papistas que han abusado de vuestra sinceridad. ¿Preferís pues ser como cotorras o loros a los que se ensene a hablar sin que comprendan una sola palabra de lo que dicen, antes que ser verdaderos cristianos que rezan a Dios en la fe?”.

 

 

 

Los rebeldes, con su fe sencilla, no hicieron ningún caso a su docto arzobispo. Crammer debió apelar al brazo secular. Mercenarios extranjeros, principalmente luteranos alemanes, fueron empleados en el suelo ingles por primera vez desde hacía 300 años, y la última posición de la Fe fue batida por las armas. La masacre se hizo a ciegas, tales son las memorables palabras de Hilaire Belloc. Cuatro mil de ellos fueron asesinados, aplastados por los caballos o colgados, antes de que los hombres de Devon aceptasen, aunque sin entusiasmo, la prosa exquisita de Crammer.  En realidad, era enteramente falso decir que el pueblo no comprendía la misa latina. Se puede juzgar de la abundancia de libros de instrucción y de devoción que circulaban entre una población de 3 millones, por el hecho de que, en el holocausto de la ciencia y de la piedad católicas que formo parte de la política protestante, fue destruido un cuarto de millón de libros litúrgicos. En 1550, al año siguiente de la puesta en vigor del primer Libro de Oración Común, Crammer envió comisionados a las universidades. En Oxford fueron destruidos millares de libros. Cambridge sufrió una devastación más lenta pero más rigurosa todavía, de modo que al comienzo del reinado de la reina Isabel solo quedaban apenas 177 volúmenes cortados y lacerados.

 

 

 

En 1547, invitados por Crammer, llegan Pedro Martir Vermigli y Bernardino Ochino. También invito a John a Lasco (Laski), ex obispo católico, pero radical protestante. Melanchton no acepto su invitación. El embajador del Emperador Carlos V llamo a Inglaterra “un nido de todas las infidelidades”.

 

 

 

En 1549 llega Bucer, tan admirado por Crammer y le nombra profesor de Teología en Cambridge, pero muere en 1551. Su opinión sobre el Libro de Oración es que tenía que hacer concesiones a las viejas creencias y “por la enfermedad de los tiempos presentes” no podía ser completamente protestante. También vuelve del exilio John Hooper que desaprueba el Libro de Oración por ser opuesto a la doctrina luterana; no obstante, es nombrado obispo de Gloucester.

 

 

 

A pesar de todos los esfuerzos de los reformadores, al final del reinado de Eduardo VI, “se puede decir que parte de la población, quizá su mayoría, llevaba en sus corazones la vieja fe católica. Habían visto con dolor la completa y a menudo ilegal iconoclastia, la destrucción de objetos muy familiares y queridos por ellos y la introducción de un libro de ceremonias que les parecía vacío, deficiente y, quizá, herético. Pero evitando los extremismos del protestantismo continental y conservando bastantes de los viejos modos de culto, se esperaba que muchos pudieran aceptar gradualmente el viejo orden. El espíritu ingles inclinado al compromiso iba a favor de tales acomodaciones”.

 

 

 

Los cambios hechos en esta versión fueron extensos y entre otros, incluyen: la adición de unas frases introductorias, exhortaciones, acto de contrición y absolución en los oficios de la mañana y la tarde; muchos cambios en el oficio de Comunión, con una nueva oración de consagración. La doctrina católica de la real presencia de Dios en la Eucaristía está redactada de forma ambigua. Una rubrica llamada la “negra rubrica” porque fue introducida a ultima hora e impresa en negro, permitía recibir la comunión de rodillas, aduciendo que eso no implicaba adoración a la hostia.

 

 

 

El exorcismo, la unción y la triple inmersión se omitían en la liturgia bautismal. El uso de la reserva del Santísimo para la comunión de los enfermos era menos ambiguo. El entierro era considerablemente más corto, omitiendo comunión, responsos y salmos. En el Libro de Oración de 1549 no había ritual de ordenaciones, por lo que previamente se había imprimido uno en 1550, indudablemente de Bucer. El obispo de Worcester, Heath, lo rechaza, por lo que es enviado a la cárcel.

 

 

 

El libro fue publicado a finales de 1552, solo seis meses antes de la muerte de Eduardo. Sin embargo, esta versión tuvo su importancia, porque la siguiente edición de 1559, aprobada por Isabel I, se basó fundamentalmente en esta. El Libro de Oración de 1552 representa los avances en la dirección protestante de la Reforma inglesa, pero estuvo en vigor solo hasta 1553, a la muerte de Eduardo VI.

 

 

 

Pasamos por alto lo referente al reinado de María y la teología de la Virgen, puesto que en el corto tiempo que estuvo en el trono simplemente se volvió a la antigua religión y, quizá imprudentemente, se diezmaron las filas de los teólogos anglicanos.

 

 

 

La Convocation de Canterbury en 1559 “se pronunció a favor de la transubstanciacion, la Misa como sacrificio y la supremacía romana; también protesto inútilmente de que los laicos intervinieran en la fe, el culto y la disciplina”El arzobispo Mathew Parker (Eclesiastical Polity) orienta la Iglesia hacia la Vía Media en los primeros años del reinado, pero luego Isabel facilita la difusión y el influjo de ideas luteranas y calvinistas.

 

 

 

El libro de oración  pasa a los XXXIX artículos en 1571: es el de 1552 sucesivamente reelaborado en 1559 y 1563 y aprobado por el Parlamento en 1571; “representa, aun hoy, la plataforma teológica del Anglicanismo”. Solo se pide la conformidad al clero. Se implanta la “Iglesia Establecida” o Anglicanismo, que adopta el sistema episcopalista con cañones y doctrinas protestantes.

 

 

 

Sus más relevantes artículos son el VI, donde se establece la doctrina de la sola Escritura; el XV, afirmando que todos los hombres, sin excepción, son pecadores; el XXII, donde se lee: “las doctrinas romanas que se refieren al purgatorio, absoluciones, culto y adoración, como a las imágenes y reliquias y también a la invocación de los santos, son inventos vanos y sin soporte en las Escrituras, sino más bien repugnantes a la Palabra de Dios”.

 

 

 

Los reyes de la dinastia Estuardo, 1603-1688, eran hombres de sentimientos católicos (menos el primero) y sus dirigentes espirituales siguieron una tradición más basada en los Padres que los protestantes. Hooker sigue la “Via media”. La burguesia era mas protestante y contaba con muchos puritanos. En la Guerra civil que comienza en 1642, vencen los puritanos de Oliver Cromwell y Carlos I es ajusticiado en 1649. A la muerte de Oliver Cromwell el pueblo da una calurosa bienvenida al hijo del rey decapitado, Carlos II (1660-1685).

 

 

 

Jacobo II (1685-1688), quiso terminar con la persecución anticatólica, pero tuvo que emigrar a Francia, donde muere. Le sucede Guillermo de Orange, calvinista, casado con una hija de Jacobo II. Los elementos mas espirituales del clero, los non-jurors, tuvieron que retirarse y se fueron extinguiendo. A Guillermo III le sucede Jorge I de Hannover, que era luterano.

 

 

 

Entre 1549 y 1642 hubo 290 ediciones del Libro de Oración, con un total de medio millón de ejemplares.

 

 

 

Desde 1561 el calendario de la Iglesia Anglicana (incluido en el Libro de Oración de 1662) ha conservado cinco fiestas marianas: la Concepción de la Virgen, la Natividad de María, la Anunciación, la Visitación y la Purificación/Presentación. No está incluida la fiesta de la Asunción, porque era vista como una exaltación indebida de la Virgen, en detrimento de Cristo. La liturgia anglicana en las sucesivas ediciones del libro de oracion (1549, 1552, 1559, 1662) cuando cita a María pone en relieve su papel de ‘Virgen pura’

 

de cuya ‘sustancia’ el Hijo toma la naturaleza humana (cfr. Art. II)”. En la Evensong (Visperas) se reza diariamente el Magnificat.

 

 

 

Valdría la pena recordar que Lutero en 1523 establece un “orden litúrgico” en el que conserva, como fiestas de la Virgen, la Anunciación y la Purificación. La Visitación no viene incluida, pero de hecho siempre la reconoció. De modo provisional y para no turbar al pueblo, aprueba la Natividad de María y la Asunción. No viene mencionada la Inmaculada Concepción que, de hecho, abroga Lutero, porque esta fiesta solo ha traido “inconvenientes, disputas y discordia entre los monjes, sin ninguna utilidad ni piedad y, sobre todo, porque ni en el Evangelio o en las otras Escrituras se habla de este tema”.

 

 

 

La teología, generalmente antimariana de los reformadores, no impidió la supervivencia más o menos latente o explicita de la devoción a María.

 

 

 

Hay como una nostalgia de las antiguas formas de manifestar la veneración a la Virgen, que se manifiesta no solo en lo dicho en el anterior epígrafe, sino también en algunos textos oficialmente anglicanos, como el Prefacio de Navidad, la Colecta de la misma fiesta y alguna de las homilías incluidas en el Libro de Oración. Así, se dice en el prefacio que “[Cristo], por la acción el Espíritu Santo, ha sido hecho verdadero hombre de la substancia de la Virgen María, su Madre; y Ella, sin mancha de pecado, a fin de que El nos purifique de todo pecado”. Y en la colecta se invoca a “Dios Todopoderoso que nos has dado a tu Hijo a fin de que tome nuestra naturaleza, y que nazca de una Virgen pura en un tiempo como el presente”.

 

 

 

En la Homilía sobre el arrepentimiento, se afirma que “Jesucristo, siendo Dios verdadero, igual al Padre y de la misma sustancia que El, en el tiempo establecido, tomo nuestra naturaleza en el seno de la Bienaventurada Virgen y de su sustancia inmaculada, a fin de ser el Mediador entre Dios y nosotros”.

 

 

 

Después del dramático siglo XVI, encontramos que las manifestaciones de devoción mariana son más frecuentes y algunos textos, incluso, están llenos de amorosa devoción a María. Tenemos, por ejemplo, el libro de Anthony Stafford (1587-1645), que lleva el esplendido titulo barroco de The Female Glory; or the Life and Death of Our Blessed Lady, the Holy Virgin Mary, God’s own Immaculate Mother, to whose Sacred Memory the author dedicates these his humble endeavours. El autor afirma que la Virgen María estaba predestinada a ser Madre de Dios: “Nuestra bien amada Princesa tuvo a buena ley el derecho a ser Reina antes de nacer. Recibió su corona antes de ver la luz. La encuentra en el umbral mismo de la vida. ¿Y que corona recibe como dote? No se conseguiría una así ni uniendo todos los tesoros de Oriente y Occidente, pues la hicieron todas las virtudes y todas las gracias que estaban a mano. Y no fue un vano mortal quien la puso en sus sienes, sino Dios mismo, para quien nada es suficientemente rico y no omite ningún ornamento que pueda adornar el espléndido edificio que La forma y donde quiere habitar. Habiéndola así adornada y honrada, la puso en este mundo inferior para el bien de todos”. Los puritanos hicieron un gran tumulto contra esta obra, calificándola de papista. Otro autor que escribe sobre la Virgen es Henry Constable (1562- 1613). Se convirtió al catolicismo en 1591 por lo que vivió en el exilio, pero volvió a Inglaterra en 1599, a la llegada del rey Jacobo, a quien quiso convencer de que cesara las persecuciones al catolicismo, por lo que fue enviado a la Torre y a la cárcel de la Flota. Murió en el exilio en Lieja. En sus sonetos To our blessed Lady se refiere a las perfecciones de la Virgen, pero las usa también como un reproche a las reinas terrenales (María e Isabel): “Soberana de las reinas: si mi vana ambición mueve / mi corazón a buscar la gracia de una princesa terrenal / muéstrame a tu Hijo en su imperial mansión / donde reinan sus vasallos, por encima de reyes y reinas” (II. 1-4). Otro autor interesante es Mark Frank (1613-1663) que fue depuesto de su fellowship en Pembroke Hall de Cambridge a la caída de Carlos I, pero repuesto en su catedra a la llegada de Carlos II. En sus sermones sobre las fiestas, defiende la Inmaculada Concepción y al tratar del saludo del Arcángel se inclina por la traducción tradicional: “Tu estas altamente favorecida, dice nuestra nueva traducción (1611); llena de gracia, dice la antigua, del latin gratia plena.  Las dos versiones tienen razon, pues kecharitomene supone las dos: la gracia y el favor. La gracia de Dios, el favor de Dios; llena de su gracia, llena de su favor, viene a ser lo mismo. Porque de la gracia santificante ‘nadie ha estado tan llena’, dice Epifanio. Nosotros tenemos un Salvador completo: Dios y hombre; Dios, el Hijo engendrado, coeterno del Padre; nacido en este mundo de una Virgen pura e inmaculada, de esta Virgen purisima y super inmaculada”. John Pearson (1612-1686), también defiende la devoción a María. “Ella hizo su propia predicción: ‘me llamaran bienaventurada todas las generaciones’. La obligación de llamarla y de estimarla así cae sobre nosotros”. Jeremy Taylor (1613-1667) también escribe sin recato sobre las glorias de María en su The Rule and Excercises of Holy Living and Holy Dying. Un ejemplo destacable en este elenco de escritores es John Donne (1572-1631), apostata, poeta libertino, soldado, jurista y, finalmente, clérigo anglicano y dean de la catedral de san Pablo. Una paradoja mas en su vida convulsa es que su lema fuera, en castellano, “Antes muerto que mudado”. Pero al final de su vida, cuando sus sermones son escuchados con admiración y sus poemas alcanzan la mayor altura, escribe los Holy Sonnets. Destacamos, por lo que atanen a la Virgen, La Corona (sic) y Alitany. En la primera encadena siete sonetos, de modo que el ultimo verso de cada uno se repite como primero del soneto siguiente. El segundo es Annunciation y escribe: “He aqui, Virgen fiel, que El mismo se ofrece a yacer prisionero en tu seno; y aunque de este no puede tomar ningún pecado, ni dártelo a ti, se vestirá de carne, tomada de ti, con la que tratara de conquistar la fuerza de la muerte.

 

 

 

Antes de que la esfera del tiempo fueran creadas, tu estabas en la mente de quien es tu hijo y hermano, concibiendo a quien te concibió; así tu eres ahora hacedora de tu hacedor, y madre de tu padre, tienes la luz en la oscuridad; y encerrado en el pequeño espacio de tu querido seno, tienes a la Inmensidad enclaustrada”.

 

 

 

En A Litany, la quinta está dedicada a la Virgen María: A esa bella madre y doncella de cuya carne somos redimidos; a ese querubín que abrió el paraíso, e hizo un reclamo por su inocencia, y robo al pecado de su presa; cuyo vientre fue un sorprendente paraíso, pues allí Dios mismo se vistió de carne y creció; a ella damos nuestras gracias devotas. Como sus hechos fueron nuestros socorros, así son sus oraciones; no puede ella rogar en vano a quien tantos títulos le dio. James Howell (1594-1666) es otro autor anglicano que en alguna de sus obras alaba a la Virgen, con un vocabulario netamente católico. Así, en su England´s Teares, escrito durante la tiranía de Oliver Cromwell, y publicado en 1644, se lamenta: “He oído a la Señora (que es Reina de las almas y llave

 

del cielo) gimiendo... porque esa túnica sin costura de unidad y amor, que nuestro Salvador le dejo en legado, ha sido rasgada y rota en tantas sectas”. Y un poco mas adelante escribe: “considera mi caso, la mas bendita de las Reinas, desciende, desciende de nuevo en carro de marfil; vuelve a tomar tu trono”.

 

 

 

Ben Johnson (1572-1637), antes de su supuesta conversión al catolicismo, perdió a su primera hija Mary, cuando apenas tenía seis meses. En su poema “On my first daughter” dice que la Reina de los cielos, “cuyo nombre lleva ella / la ha unido a su cortejo de vírgenes / para consuelo de las lágrimas de su madre”.

 

 

 

También se han estudiado algunos pasajes de las comedias de Shakespeare –Pericles y The Winter’s Tale, por ejemplo– donde, de forma criptica, se vislumbra la figura de María.