LOS OTROS CINCO SACRAMENTOS  RESTANTES

 

 

 

Los otros cinco sacramentos, considerados como tales por la Iglesia Católica, aunque no son tenidos como verdaderos sacramentos según los 39 Artículos, sin embargo todos, excepto la Unción de enfermos, son ritos sacros, utilizados normalmente en la Iglesia de Inglaterra.

  

1. Confirmación

  

Desde los tiempos primeros estuvo originalmente asociada al bautismo. El recién bautizado solía ser ungido inmediatamente. Y esta praxis se remonta a los tiempos apostólicos (Act., I9? 1-6).

  

En la Iglesia anglicana los niños son bautizados durante las primeras semanas después del nacimiento. Y se confirman entre los 12 y 16 años. El bautismo convierte al niño en miembro de la Iglesia y la Confirmación le hace "participante de los dones de la Comunidad mesiánica de la Iglesia". Para ello se le permite acercarse a la Comunión hasta que ha sido confirmado.

 

2. Confesión y absolución

 

Desde los tiempos de la Reforma desapareció la obligación de la confesión privada ante un sacerdote en la Iglesia de Inglaterra. Sin embargo, los que lo deseen pueden confesarse privadamente con un sacerdote, a quien la Iglesia permite la facultad de pronunciar autoritativamente la absolución. El Informe de los Arzobispos resume este punto" de la siguiente manera:

 

“La situación actual en la Iglesia de Inglaterra es que hay cada día un número mayor de personas que desean aprovecharse de este ministerio. Sin embargo la enseñanza oficial de la Iglesia no ha cambiado. Habiéndose hecho más frecuente la práctica regular de la confesión auricular y, no siendo reducida a una escuela determinada de pensamiento, es importante que nos demos cuenta de que es un Ministerio de la Palabra, que está abierto a todos, pero que no se impone con obligatoriedad a ninguno”.

 

Se subraya el hecho de que un pecado no es solamente un pecado contra Dios, sino también contra el Cuerpo de la Iglesia, contra la Congregación cristiana. De donde se siguen dos cosas:

  

a)   Es completamente correcta la confesión de un pecado al Ministro como representante de la Congregación cristiana.

  

b)   Es necesaria alguna fórmula exterior para la reconciliación entre el pecador y la Congregación. El pecado es y causa ruptura en la fraternidad y esa fraternidad vuelve a restaurar­se si el pecador obtiene el perdón divino.

 

Hay también la práctica de la confesión pública hecha en gene­ral por toda la Congregación y la impartición de la absolución también general. En la celebración eucarística, por ejemplo, hay una de tales absoluciones.

 

Los requisitos para: el perdón son el arrepentimiento y la fe verdadera. La absolución está condicionada a estos requisitos, pero el mi­nistro no está obligado a preguntar e inquirir si la gente está verda­deramente arrepentida. Esto, por lo que se refiere a la confesión y a la solución comunitarias.

 

Pero muy otro es el caso cuando se trata de la confesión priva­do. El ministro, antes de impartir la absolución, debe estar convenci­do de que la persona tiene verdadero arrepentimiento. Por eso a veces se da la absolución de una manera condicionada al cumplimiento de que se realicen ciertas acciones para demostrar dolor y arrepentimiento y para restituir y reparar por los pecados, donde y cuando esto sea po­sible.

 

3. Unción de enfermos

 

Ungir con óleo es indudablemente una práctica que data del tiempo de Jesucristo (Me., 6, 13; Jac., 5j 14-15). En el texto de Santia­go parece que la finalidad principal de la unción era la recuperación de una enfermedad, más bien, que la preparación para la muerte.

 

Fue más tarde, cuando la unción se asoció a la preparación para bien morir. La Iglesia de Inglaterra no considera la Unción de enfermos como necesaria para la remisión de los pecados, pues, si una persona es consciente, puede recibir la absolución y la comunión de una manera normal. Si se halla ya en estado inconsciente, ningún rito externo es capaz de producir el perdón, a menos que pueda presumirse que la persona desea perdón, en cuyo caso se le puede impartir la absolución.

 

4. Matrimonio

 

La Iglesia de Inglaterra, basándose en el N. Testamento, considera el matrimonio como una unión íntima y de por vida. La unión es tal, que San Pablo puede trazar una analogía entre ella y la unión de Cristo con la Iglesia. La Iglesia admite que en un matrimonio verdadero se concede gracia, la gracia especial que facilite a los desposados el cumplimiento de sus compromisos y promesas, la victoria sobre las dificultades y contradicciones de la vida.

 

 

Pensamiento anglicano respecto al divorcio.

 

 

 

Hay entre los católicos la opinión de que la Iglesia anglicana juega a dos cartas sobre este punto, proclamando por un lado la indisolubilidad del matrimonio, y permitiendo, al mismo tiempo, que personas divorciadas vuelvan a casarse, dentro de la Iglesia.

 

 

 

Desde la Reforma la actitud de la Iglesia anglicana es la de permitir el divorcio en casos de adulterio o deserción (Mt. 5:32). A la parte inocente se le ha permitido normalmente el volver a casarse de nuevo en la Iglesia. De vez en cuando ha habido actitudes más liberales o más conservadoras a tono con los movimientos de los tiempos. A comienzos del siglo XVIII era bastante rara la opinión de la indisolubilidad del matrimonio. A principios del actual, sin embargo, el péndulo se movió en otra dirección, y el matrimonio fue firmemente considerado como indisoluble.

 

 

 

Aunque la Iglesia de Inglaterra es la Iglesia establecida el Estado provee para la celebración del matrimonio civil. El divorcio que de obtenerse de las autoridades civiles bajo ciertas circunstancias, desde el Acta de Divorcio de 1857* (Antes de esa fecha el divorcio era posible solamente por medio de un Acta especial de Parlamento). Por eso, la Iglesia y el Estado han diferido oficialmente sobre la cuestión de divorcio durante más de cien años.

 

 

 

Posteriormente ha habido un acercamiento, debido a un grupo de trabajo nombrado por el Arz. De Canterbury en 1964, una de cuyas con­clusiones dice:

 

 

 

"La actual Ley sobre el divorcio está basada principalmente en la idea de ofensas matrimoniales, tales como el adulterio, ma­los tratos, etc. El grupo propuso la abolición de esta Ley, y sugirió que en su lugar sólo se reconociera un motivo para el divorcio, a saber el total fracaso del matrimonio”...

 

 

 

Las razones de las críticas contra la Ley se basan en diversas razones: las ofensas matrimoniales que se aducen como causa para el divorcio, no son la causa del fracaso matrimonial, sino solamente un sin toma de tal suceso. Dudaban de que en la mayoría de los casos se pudiera hablar de parte inocente. Indicaban, además, que una Ley como la existente incita a que se cometan ofensas matrimoniales, para poder conseguir luego el deseado divorcio. Y critican el hecho de que, pa­ra conseguir un divorcio, una de las partes tenga que acusar a la otra de alguna ofensa públicamente.

 

 

 

Por parte de la Iglesia lo últimamente legislado es lo siguiente, aprobado por gran mayoría en una reunión de I967

 

 

 

:

 

"Esta Asamblea afirma”

 

 

 

·       La creencia de la Iglesia en el principio cristiano del ma­trimonio, como una asociación entre un hombre y una mujer y de por vida.

 

·       Reconociendo que la Ley actual sobre el divorcio es insatisfacto­ria, acogió con agrado cualquier intento de alterarla, modificar­la y mejorarla con el fin de apuntalar la indisolubilidad del ma­trimonio.

 

·       Recibió con satisfacción el informe del grupo nombrado por el Arzobispo de Canterbury e insistió en que se considerara como única causa del divorcio el fracaso matrimonial, para el divorcio civil, se entiende.

 

·       Subrayó la compasión de la Iglesia para cuantos se han divorciado o            sufren consecuencia de las leyes sobre matrimonio y divorcio.

 

·       Rogó a los Arzobispos de Canterbury y York para que se instruyera convenientemente a los ministros para que en sus actuaciones pas­torales tengan en cuenta a tales personas, sin excluir a los que se han casado nuevamente.

 

 

 

Esto es lo último que hay en la Iglesia de Inglaterra respecto al divorcio. Piénsese como se quiera sobre la toma de postura de la Iglesia, lo cierto es que tal actuación está motivada por un sentimiento de compasión para aquellos que han sufrido un fracaso en el matrimonio.

 

 

 

Como pequeño comentario a las relaciones Iglesia-Estado, diré que el año pasado el Parlamento aprobó las recomendaciones del grupo de los Arzobispos con algunas modificaciones. Las bases de la nueva Ley fueron que el divorcio sólo se debía conceder cuando se probara que el matrimonio había fracasado.

 

 

 

5.  Orden

 

 

 

La Cuestión de las Órdenes anglicanas

 

 

 

Es éste un tema muy difícil y uno de los más importantes desde el punto de vista del ecumenismo. Lleva implicaciones, no sólo histó­ricas, sino también teológicas, como la naturaleza de la celebración eucarística, del sacerdocio y en general la naturaleza de los sacramentos.

 

 

 

Vamos a examinar la situación desde los dos puntos de vista.

 

 

 

·       Cuando el Papa León XIII declaró nulas las Ordenes anglicanas con la Bula Apostólicae Curae" de 13 septiembre de 1896 lo hizo principalmente por tres razones:

 

 

 

§  El primer arzobispo de quien se originan y dependen las or­denaciones fue el arzobispo Mateo Parker, cuya consagración episcopal fue probablemente inválida.

 

§  Los consagrantes no tenían intención de "hacer lo que hace la Iglesia".

 

§  La fórmula consagratoria era insuficiente.

 

 

 

Respecto a la sucesión apostólica hay que tener en cuenta lo siguiente. Los anglicanos se han contentado generalmente con entender la sucesión apostólica como la existencia de una sucesión exterior, casi mecánicamente entendida, de los Obispos, imponiendo las manos en sus sucesores. Por eso solo se han preocupado de demostrar que la sucesión apostólica no se ha roto entre ellos. Los católicos, por su parte, en el pasado han tenido casi el mismo concepto de sucesión apostólica. Hoy día suele admitirse que los anglicanos disfrutan de una sucesión inin­terrumpida desde los tiempos de la prereforma. ¿Pero, aunque así sea, eso es suficiente para la completa sucesión apostólica? Para los cató­licos romanos, no.

 

 

 

Debe admitirse que la forma protestante de ordenación de los tiempos de Eduardo VI era muy diferente de la ordenación católico-romana. Cuando María subió al trono de Inglaterra y la Iglesia pasó a la dependencia de Roma, todos los sacerdotes ordenados Eduardianamente, fueron re-ordenados. Es decir, la Iglesia Romana no aceptó en la práctica a los sacerdotes ordenados cuando Inglaterra era protestante. Sin embar­go no se emitió ninguna declaración oficial del Papa contra los sacer­dotes Eduardianos.

 

 

 

·       ¿Puede reconsiderarse la determinación de León XIII?

 

 

 

§  En primer lugar, la Bula del Papa basaba su principal argu­mento en la suposición de que la función vital del sacerdocio es el poder de celebrar el sacrificio de la Misa. Dice que en la ordenación de sacerdotes anglicanos, no hay mención clara del sacrificio, ni tampoco indicación clara de que los sacerdotes anglicanos son ordenados para celebrar el sacrificio de la Misa. Esta posición doctrinal es tradicional, pero no faltan quienes piensan que podría tomarse en reconsideración, incluso entre católicos.

 

§  En segundo lugar está la cuestión de la intención en conexión con la validez de los sacramentos. Un libro publicado en 1950 por el jesuita inglés, Francisco Clark, titulado "Ordenes Anglicanas y el de­fecto de Intención" (Anglican Orders and the defect of Intention), ar­guye que la intención en las ordenaciones anglicanas está equivocada y, por tanto, las ordenaciones son inválidas. Refiriéndose en concreto a la ordenación del Obispo Parker, dijo que había concretamente una in­tención general que tenían de consagrar y, por tanto, hace la consagración inválida.

 

 

 

Esta opinión ha sido impugnada por un antiguo sacerdote ánglica no, que ahora es sacerdote católico-romano, el P. J.J. Hughes. En su libro "Intención ministerial en la administración de los sacramentos” (Ministerial Intention the Administration of the Sacrament), hace re­ferencia a las dos opiniones sobre intención: intención interna y ex­terna. Piensa que un sacerdote no administra libremente un sacramento de la Iglesia, es decir, obra oficialmente en nombre de la Iglesia cuando actúa. Y, por tanto, podemos presumir por sus acciones externas que su intención es buena. En consecuencia, si un sacerdote administra un sacramento de la Iglesia, no puede argüirse que el sacramento no es válido porque su intención interna sea equivocada.

 

 

 

En cuanto a la forma.

 

 

 

La "Apostolicae curae" arguye que hay un defecto en la forma en las ordenaciones anglicanas. La principal omisión parece ser la refe­rencia a la "celebración del sacrificio eucarístico".

 

 

 

Ahora bien, Dom Gregory Dix, en su libro "La Cuestión de la Or­denes anglicanas" (The Question cf Anglican Orders), hace referencia al rito romano de los siglos VII y VIII, encontrando en los libros ri­tuales o sacramentales, llamados Gelasiano, Leonino y Gregoriano en los que no hay referencia explícita, dice, al sacrificio eucarístico. Son sus palabras:

 

 

 

"en ningún sitio de la oración para la ordenación, ni a todo lo largo del rito, se encuentra ninguna referencia explícita al ofrecimiento del sacrificio eucarístico como tal, como especial gracia y poder transmitidos para la ordenación al sacerdocio católico".

 

 

 

Desde este punto de vista parece, por tanto, posible la revisión de la actitud tomada por el Papa León XIII.

 

 

 

Teniendo esto en -cuenta, parece lógico concluir que la cuestión de las Órdenes anglicanas puede ser reexaminada y repensada nuevamente con simpatía y afecto.

 

 

 

Hay además otro hecho importante. Desde 1930, casi todas las consagraciones de Obispos anglicanos han sido hechas con un Obispo de la Antigua Sucesión Apostólica, que han tomado parte completa en la cere­monia de la consagración. Y estos Obispos son aceptados totalmente por Roma. Alrededor de la mitad de los actuales Obispos anglicanos descienden ahora de la antigua sucesión apostólica católica al mismo tiempo que de la sucesión anglicana y, por tanto, en teoría pueden ser reconocidos por Roma.

 

 

 

Quizá puede vislumbrase algo de este reconocimiento en la dis­tinción especial que hace del anglicanismo el decreto sobre el ecume­nismo, cuando habla de las Iglesias y Confesiones nacidas de la Refor­ma:

 

 

 

"Entre esas Comuniones en las que ciertas tradiciones y estruc­turas católicas continúan existiendo, la Comunión anglicana ocupa un lugar especial" (n.13).

 

 

 

La carrera sacerdotal en el anglicanismo

 

 

 

·       Pueden empezar sus estudios a los l8 años, no antes.

 

·       Hay, antes de empezar, una rigurosa selección. Hay una entrevista de cuatro días con un Obispo, dos sacerdotes y un seglar, generalmente un médico.

 

·       Han de tener el equivalente al bachillerato superior.

 

·       Dos métodos de hacer la carrera:

 

o   Por Colegios Teológicos o Seminarios y durante cinco años de estudios de teología.

 

o   Por la Universidad. Allí pueden estudiar teología o cualquier otra especialización para La licenciatura, o estu­diar ciencias y luego dos años de estudios teológicos en un Seminario

 

·       Después de hacer la carrera, pueden ordenarse de diáconos, para lo que han de haber cumplido los 23 años. El nuevo diacono empieza inmediatamente a actuar en una parroquia.

 

·       Después de un año de prácticas, puede ordenarse de sacerdo­te. Generalmente el sacerdote trabaja en dos o tres parro­quias por espacio de unos dos años en cada una antes de ser elevado a párroco.

 

·       Pueden ser casados o célibes.

 

·       A los 30 años puede ser elevado al episcopado.