El Movimiento de Oxford

 

La impresión popular en Inglaterra es que el siglo XIX fue una época de "complacencia" religiosa. No obstante esta creencia, hay que decir que fue uno de los más grandes períodos en la construcción de iglesias en la historia del país. Esto indica que, a pesar de la impre­sión popular, hubo una cierta vitalidad religiosa, que no se redujo tampoco a la mera construcción de iglesias. Fue un siglo de ideas nuevas y de importantes reformas. La Iglesia tuvo una vitalidad digna de ala­banza, incluso hoy día. En muchos puntos la Iglesia fue un centro de re­forma, no solo de las instituciones seculares y sociales sino también de sí misma. Porque la Iglesia de Inglaterra necesitaba reformarse en el siglo XIX. Hay muchas razones para ello, pero la principal es que es­taña siendo criticada severa y justamente por mucha gente. En muchos as­pectos estaba deformada y era injusta y la gente había empezado a notar­lo.

  

En su libro "La herencia inglesa" el Dr. Kitson Clark cita a un metodista que dijo de la Iglesia de Inglaterra: "La existencia misma de la Iglesia de Inglaterra será un cuento que se narra y se recuerda, sola­mente por los daños morales que ha acarreado al país".

 

También refiere las palabras de otro, no anglicano, cuya crítica fue más concreta:

 

"Toda la cosa, es decir, "la Iglesia de Inglaterra" es un estupen­do esquema monetario llevado adelante y mantenido bajo una falsa cubier­ta".

 

Los no conformistas (no anglicanos, tales como los metodistas), tenían acusaciones particulares contra la Iglesia inglesa, debido a los especiales privilegios de que ésta disfrutaba como Iglesia Establecida. Era capaz de controlar el país hasta cierto punto, debido a la regla de que sólo los anglicanos podían entrar en el Parlamento. También las Uni­versidades de Oxford y Cambridge estaban abiertas sólo a los anglicanos, y los profesores tenían que estar ordenados. Desde tales y tan encumbrados instituciones hasta asuntos simples, como les derechos de entierro, los no conformistas y no anglicanos estaban siempre en desventaja.

 

De una manera análoga, dentro de la misma Iglesia había muchas cosas que necesitaban reforma. La Iglesia era una red de privilegios para los privilegiados. Cuidaba bien a la aristocracia y clases altas, pero las clases bajas tenían poco que hacer. Stephen Neill, en su libro "Anglicanismo", cita el caso del obispo de Ely, Edward Sparke, que de sus ganancias episcopales dio a su hijo un capital que producía dos mil seiscientas treinta y cuatro libras de intereses al año, y a su yerno, otro que dejaba un interés anual de 2.213 libras (aproximadamente 440.000            pts.). El obispo de Londres recibía unos Ingresos de 20.000 libras al año (alrededor de 3*330.000 psts), el doble de los del actual Primer Ministro.

 

Esta idea de privilegio ha permanecido en la opinión popular hasta el presente, y no totalmente sin razón. Un examen de los antecedentes familiares y educaciones de la mayoría de los obispos diocesanos es de lo más revelador. La descripción de la Iglesia de Inglaterra como "el partido conservador en oración" no es infundada. Aun así, en el siglo pa­sado se llevaron a cabo muchas reformas. En 1836 se formó una Comisión eclesiástica que requisó muchas propiedades de la Iglesia e hizo una mejor distribución de sus rentas, Los ingresos del obispo de Londres se redujeron a la mitad (No obstante no se le dejó en la pobreza). Pero ge­neralmente hubo grandes mejoras en la organización interna de la Iglesia que, en conjunto, han durado hasta el presente.

 

En todo el país en general se redujeron los privilegios de que la Iglesia disfrutaba. Esto se vio principalmente en los cambios constitu­cionales, que abrieron acceso al Parlamento a los no anglicanos. En 1832 se aprobó el Acta Parlamentaria de Reforma, una de las más importantes de la Iglesia de Inglaterra. Sus principales objetivos fueron reducir privilegios y extender el derecho al voto a una mayor parte de la pobla­ción. Uno de los grupos privilegiados que perdió algunos derechos fue la Iglesia de Inglaterra. A partir de entonces los miembros del Parlamen­to ya no tenían que pertenecer necesariamente a la Iglesia Estableci­da. Por lo tanto católicos-romanos, no conformistas e, incluso los ateos, podían participar en la política y en el gobierno del país. Pero muchos anglicanos objetaron que estos hombres, que pertenecían a otras, Iglesias o que eran ateos, podían participar también en la marcha y en los asuntos de la Iglesia anglicana. Lo cual no dejaba de ser un contra­sentido* Esto era debido a que, desde la Reforma, era el Parlamento el que controlaba a la Iglesia en Inglaterra.

 

Cuando Stephen Neill dice: La situación era claramente intolera­ble” Si la Iglesia de Inglaterra no hubiera desarrollado una capaci­dad, sin paralelo en otra comunión cristiana en todo el mundo, de tole­rar lo intolerable, esta situación se hubiera cortado por completo ha­cía mucho tiempo. Puede que algunos anglicanos hayan defendido en el pasado el establecimiento, basándose en que era bueno para la Iglesia Desde 1832 es sumamente difícil comprender cómo puede haber alguien que lo defienda, excepto en el terreno de que el establecimiento es bueno para el Estado”.

 

Pocos defienden ahora el establecimiento. La razón por la que la Iglesia continúa establecida es porque no hay, realmente un senti­miento fuerte contra ello. Pero esto no ocurría inmediatamente después del Acta de Reforma de 1832. Se levantó entonces un movimiento muy fuer­te contra el control de la Iglesia por parte del Parlamento, Tal fue el movimiento de Oxford.

 

Este Movimiento, como su nombre indica, tuvo su centro en Oxford y así hoy día se le conoce con el nombre de "El Movimiento de Oxford", o "Movimiento de la Iglesia Alta", o "Movimiento anglo-católico". Llá­mese como se quiera, resultó de la formación del partido de la Iglesia Alta o anglo-católico, dentro de la Iglesia de Inglaterra. Y vino a equilibrar el ala evangélica. Sin embargo, al contrario de los evan­gélicos, los tractoraianos o anglos católicos formaron inmediatamente un partido dentro de la Iglesia de Inglaterra. Tenían un centro: Oxford; un órgano definido para propagar sus ideas: los "Tracts", y muy pronto, un líder: John Henry Newman (Un "tract" es un tratado corto, general­mente de tema religioso, que se reparte gratuitamente).

 

Newman, hecho sorprendente, había sido educado como un evangé­lico. Durante muchos años fue párroco de la iglesia de Santa María de Oxford y también profesor de la Universidad. En sus primeros años era decididamente un anti-católico-romano. Y así, durante un viaje por Ita­lia en 1833, escribía:

 

"La desgraciable perversión de la verdad que está sancionada aquí... ¡Pobre Italia! Dan ganas de llorar al pensar en ella…Temo temo que debo mirar a Roma como una ciudad todavía bajo una mal­dición.... Incluso Grecia no enseña la doctrina sobre el purga­torio y la Misa que son dos engaños prácticos del Romanismo. Su peor error es su adoración a los santos, que es algo desmorali­zador en el mismo sentido en que lo era el politeísmo" (Cartas de Newman, 226)

 

Estas son palabras fuertes, sobre todo si se considera que pro­ceden de alguien que llegó más tarde a ser Cardenal de la Iglesia de Roma. Es evidente que se operó en el pensamiento de Newman un terrible cambio. Cambio que tuvo grandísimas repercusiones en toda la Iglesia de Inglaterra. Repercusiones que sacudieron además sus mismos cimientos y que algunos piensan que casi la destruyeron.

 

Todo parece que comenzó cuando Newman conoció a John Keble en Oxford. Keble provenía de una familia de la Alta Iglesia (Entonces esta Palabra "Alta Iglesia" no significaba sino Iglesia conservadora). De cual­quier modo que sea, no le gustaban las reformas concretas que la Iglesia estaba realizando. Él y otros anglicanos que compartían sus mismos sen­timientos, comenzaron a pensar sobre la naturaleza de la Iglesia por sus principios básicos. ¿La Iglesia debía estar ligada al Estado? ¿Debía ser cambiada y reformada según la voluntad y decisión de gentes que, incluso, podían no ser ni cristianas? Esto le parecía a Keble y a sus compañeros una degradación vergonzosa de una institución, que en reali­dad era la Esposa de Cristo. Esta serie de pensamientos le llevó a estu­diar otros asuntos relacionados con el anterior, tales como la naturale­za del sacerdocio, la Sucesión Apostólica y otros por el estilo.

 

A Newman le interesaron en seguida las deliberaciones de este grupo de gente y no tardó en sentir la influencia de Keble. No obstante Si era un pensador independiente y empezó la publicación de los "Tracts" que, según sus propias palabras, "fueron sacados de su propia cabeza".

 

El primer "Tract", de solo cuatro páginas, fue un llamamiento al clero para que pensara cuidadosamente sobre la verdadera naturaleza de su au­toridad. Autoridad, que no dependía, según el afirmaba, de un nacimien­to noble, de una buena educación, de riqueza, o de relaciones importantes, sino de la Sucesión Apostólica. Sus palabras al clero son las siguientes:

 

"Contadles vuestros dones. Los tiempos que vivimos os impulsarán pronto a hacerlo si todavía tenéis la intención de ser algo. Pero no esperéis que estos tiempos os inciten. Se ha hecho común la idea de que quieren robaron vuestro poder. Piensan que Este está basado en las propiedades de la Iglesia. Iluminadles en esta ma­teria. Exaltad a nuestros Santos Padres, los Obispos, Como los representantes de los Apóstoles, y alabad vuestro cargo como con­ferido por ellos para que tomáis parte en su Ministerio".

 

Los primeros "tracts" trataban principalmente de la naturaleza de la Iglesia y de la Sucesión Apostólica. Al principio los evangélicos no tuvieron nada que objetar. Solamente manifestaron que, si bien se avenían a la idea de la Sucesión Apostólica, no creían necesario poner tanto énfasis en ella.

 

Estos primeros "Trats" fueron distribuidos por Newman, por sus colaboradores y amigos, haciéndoles llegar incluso hasta a las parroquias rurales. Su publicaban anónimos y se convirtieron pronto en una colección miscelánea de tratados. Los números 29 y 30, por ejemplo, están dedica­dos a los no conformistas, de quienes se dice que la bondad de Dios re­basa los límites de la Iglesia Apostólica. Más, a pesar de la variedad de materias, el tema principal estaba claro. Todos coincidían en la fi­nalidad de hacer recordar al clero el sentido de la Iglesia como Esposa de Cristo, y su propia vocación como un don de Dios. Que esta vocación al ministerio no estaba vinculada de ninguna manera a la voluntad del Estado ni tampoco subordinada a él. Se puede considerar que en conjun­to las enseñanzas de los "tracts" están recapituladas en la "Apología" de Newman, que escribió algo más tarde, en 1864 y que contiene tres pun­tos principales:

 

1.      La idea de la existencia del dogma contra el liberalismo (ósea, el principio de que la teología no es

asunto de mera opinión).

 2.      La creencia en la Iglesia visible, con ministerio y sacramentos válidos.

 3.      Un sentido del deber de protestar contra Roma.

 

Todo esto está perfectamente resumido por el Dr. S. C. Carpenter, antiguo Deán de Exester, en su libro "La Iglesia y La gente del siglo XIX", con las siguientes palabras:

  

"Ellos (los tractarianos) erigían en la Iglesia, en la Iglesia Católica de Cristo, y en la Iglesia ~ de Inglaterra como una verdadera parte de ella".

 

Los tractarianos eran fundamentalmente anglicanos ortodoxos, sin especiales predilecciones por el Catolicismo romano. Tampoco eran virtualistas como lo han sido los anglo-católicos más modernos. Eran, sí, bastante severos en su disciplina religiosa. Les importaba la santidad y nada el mundo Eran teólogos y expertos en Biblia y no temían ~ actuar según sus más profundas convicciones. Newman era, además, un predicador de gran talento. Desde el púlpito de la Iglesia de Santa María” era capaz de emocionar a sus oyentes en favor de los tractarianos con sus sermones ardorosos. Los mismos "traets", con su amplia difusión, propagaron el mensaje y el programa de sus editores fuera de la ciudad de Oxford e hicieron a Newman el líder de un movimiento nacional.

 

Pronto se vio claro que a Newman le entraron dudas sobre la Iglesia de Inglaterra. Dijo en una de sus conferencias:

 

"Papismo y protestantismo son religiones reales, pero la Vía Media, vista como un sistema integral, nunca ha existido excepto en el papel. Cuando profesamos nuestra Vía Media como la verdad. La misma de los Apóstoles, parece que somos espectadores, divirtiéndonos con erudiciones y sutilezas e incapaces de Abordar las cosas tal como son".

 

Sin embargo, en su libro "El servicio profético de la Iglesia, visto en relación con el Romanismo y el Protestantismo" hizo una defensa de la mezcla anglicana de la confianza y de la autoridad y del juicio privado. Pijo que la Vía Media era en realidad algo mucho mejor que una mera línea equidistante de los extremos. Que su objeto era llegar por los acontecimientos que siguieron, parece que, si el libro in­cluso llegó a convencer a otros, no le convenció a él mismo. En 1839 comenzó a preocuparse mucho con la idea de que la Iglesia anglicana podía ser comparada en ciertos aspectos con los donatistas del período agustiniano. Empezó a preguntarse si la Iglesia católica-romana podía ser, después de todo, la única Iglesia verdadera, pero se esforzaba interiormente por no admitir tal posibilidad. Sin embargo sus-ideas sobre la Iglesia Anglicana cada vez iban siendo menos seguras y poco a poco llegó a adoptar una nueva línea de defensa anglicana. Esta ya no era una defensa positiva, sino simplemente, la típica actitud protestante anti-romana.

 

En 1840 algunos jóvenes tractarianos le pidieron que estudiara detenidamente la posición doctrinal de la Iglesia Anglicana en relación con su hermana la Iglesia Católica de Roma. Esto suponía una reconsideración de los 39 Artículos, que se suponían ser el baluarte contra Roma. ¿Qué po­día hacer Newman de ellos? Estudió en un "tract" el replanteamiento de los 39 Artículos. Era el 90, y último de los que salieron.

 

Al intentar la interpretación de los 39 Artículos, Newman se proponía una intelección de los mismos en sentido catolizante, para demos­trar que los tractarianos podían permanecer en la Iglesia de Inglaterra y suscribir sus Artículos. Unos pocos se habían pasado ya a la Iglesia de Roma, y Newman esperaba impedir con sus esfuerzos que otros les siguieran. Posiblemente estuvieran tratando de contenerse también a sí mismo.

 

La exposición que Newman hizo de los Artículos fue ingeniosa. Pero, a pesar de que muchas de sus manifestaciones en la actualidad se considerarían como normales en la Iglesia de Inglaterra en esa época caye­ron como un bombazo. Por ejemplo señaló que las doctrinas romano cató­licas sobre el Purgatorio y la Misa fueron formuladas en el C. de Trento, en sesiones que tuvieron lugar después de haber sido redactados los 39 Artículos. Por lo tanto, dijo que estos Artículos no condenan espe­cíficamente ni siquiera se oponen a los decretos tridentinos sobre es­tos asuntos. Newman fue siguiendo artículo tras artículo e implacable­mente fue hallando una interpretación católica para cada uno.

 

Tampoco él se sintió injustificado al hacer esto, pues con sus propias palabras dice:

 

"La Confesión protestante fue compuesta con la intención de in­cluir a los católicos; y los católicos no serán ahora excluidos. Lo que fue una economía en los reformadores, es una protección para nosotros. Lo que era entonces una perplejidad para nosotras, es una perplejidad ahora para los protestantes. Nosotros no podíamos entonces haber encontrado falta en sus palabras; ellos no pueden ahora repudiar nuestro significado".

 

Pero la gente podía rechazar su significado y así lo hizo. La Iglesia de  Inglaterra estaba horrorizada. Muchos escribieron cartas de protes­ta a los periódicos, y los directores de los Colegios universitarios de Oxford publicaron una contestación al "Tract", que decía:

 

"Soslaya mucho más que explica el sentido de los 39 Artículos. También reconcilia la aceptación de ellos con la adopción de Errores a los que debiera claramente impugnar".

 

Newman estaba sorprendido por toda esta crítica que se le hacía. No obstante accedió a la petición del Obispo de Oxford de que suspendiera los "tracts". Lo que no había tenido en cuenta al escribir el n. 90 fue que él no era solamente un teólogo académico. Era también el líder de un partido bastante grande de la Iglesia. Como un ejercicio académi­co, el tract 90 hubiera sido una pieza de estudio de primera clase; pe­ro como un tract de amplia circulación, era un desastre. La Iglesia es­taba escandalizada por dos razones: primero, al constatar que los 39 Artículos no eran un baluarte tan fuerte contra el Catolicismo romano, como normalmente se había supuesto. Y en segundo lugar, al descubrir que el líder de un importante movimiento dentro de la Iglesia, estaba práctica mente en el umbral de Roma.

 

Entre los ingleses en general y los anglicanos en particular ha habido siempre un horror hacia la Iglesia de Roma. El reinado de María Tudor es en gran parte culpable de esto. Incluso hoy día este sentimiento no ha desaparecido del todo. Cuando el arzobispo de Canterbury visi­tó al Papa en 1966, hubo muchas manifestaciones contra la visita y bas­tante gente abandonó la Iglesia anglicana y se hizo no conformista. Un sacerdote evangélico me dijo entonces: "No me fío de Ramsey" (El Arzo­bispo). Si estuviera en su mano nos vendería a todos a Roma".

 

Si esta es la opinión de los anglicanos educados e inteligentes de la segunda mitad del siglo XX, es fácil apreciar por qué hubo una conmoción general de la Iglesia Inglesa a mediados del siglo XIX, cuando Newman publicó el "tract" 90. Especial cuente cuando se tiene en conside­ración que la influencia dominante de la Iglesia en esa época eran los evangélicos. Sin embargo cuando escribió el tract en cuestión Newman no tenía intención de injuriar a la Ig. Anglicana ni alabar a la de Roma. Como él mismo dijo hablando años más tarde cuando escribió su "Apología" sobre sus tiempos de Oxford:

 

"Durante estos años yo no fui en ningún momento un romanista disfrazado. Durante los primeros cuatro años (hasta 1839) deseé honestamente favorecer a la Iglesia de Inglaterra a expensas de la de Roma, Durante los cuatro años siguientes deseé favorecer a la Iglesia de Inglaterra sin perjuicio para la de Roma (Fue en este perío­do cuando escribió el trac 90) Al comienzo del noveno año comencé a desesperar de la Ig. De Inglaterra… A principios del dé­cimo año pensé Seriamente en dejarla".

 

El 9 de octubre de I845 Newman fue recibido en la Iglesia Cató­lica Romana. La Iglesia de Inglaterra lo sintió profundamente. Varios tractarianos, alrededor de 50, siguieron a Newman, pero la mayoría se man­tuvo firme y salvaron, para la Iglesia de Inglaterra, su movimiento anglo- católico* La "Apología" de Newman, publicada en I864, le ganó sin embargo la admiración y simpatía general, y en 1879 el Papa León XIII le nombró Cardenal.

 

A pesar de la marcha de Newman el movimiento anglo-católico continuó. Los otros líderes, como John Keble, permanecieron y llevaron adelante su cometido, a pesar de la mucha oposición pública. El movimien­to no era, desde luego, el mismo que antes. Los "tracts" no volvieron a publicarse y Oxford dejó de ser el centro para los anglo-católicos.

 

Además el movimiento evolucionó en muchos aspectos. La primera etapa había sido casi enteramente un desarrollo doctrinal y nada más. Por ejemplo, no se había dado ningún cambio litúrgico, Newman, como un anglicano, nunca había llevado vestiduras para celebrar el Servicio Eucarístico, Había usado siempre el típico traje sacerdotal anglicano de sotana, so­bre pelliz, banda negra y capucha académica. Los otros primeros tractaristas habían hecho siempre lo mismo.

 

La segunda generación de tractarianos se sentía inclinada a in­troducir mayor colorido en los servicios. En ese tiempo la Ig. De Inglaterra no sabía nada o muy poco de la ciencia y el arte de la liturgia. Nadie la estudiaba. Por consiguiente quienes querían introducir un ceremonial más complicado, no les quedaba otro remedio que mirar a la Ig. Católica Romana como ejemplo. Esto es lo que muchos hicieron y pronto empezó a verse en algunas iglesias anglicanas imitaciones del ceremonial católico- romano. Ahora bien, una congregación de fieles teológicamente insensibles (como son la mayoría), no nota normalmente cambios doctri­nales, pero sí los cambios en el ceremonial. Estos cambios se notan in mediatamente, se toman como asuntos de la mayor importancia. Cualquier cambio, por pequeño que sea, puede garantizarse que levanta la más fuerte oposición.

 

Por esto, los cambios ceremoniales introducidos por los anglo-católicos fueron acompañados, en algunos sitios, de indecorosos y vergon­zosos motines. Un ejemplo de esto pudo verse en la iglesia de San Bernabé en el Pímplico de Londres. El párroco introdujo las siguientes inno­vaciones: la posición hacia el Este para celebrar el servicio eucarístico. Anteriormente los sacerdotes anglicanos permanecían en el norte del altar y algunos todavía lo hacen. También introdujo flores, velas, un coro de sobrepellices y un servicio cantado. Durante la epidemia de cólera se dijeron oraciones por los muertos. A causa de esto, esta iglesia se hizo impopular y fue objeto de burla en toda la nación. Fue ade­más escenario de continuados tumultos desde 1849 hasta 1857, a pesar de haber dimitido el párroco en I851.

 

Hubo un acontecimiento externo que agravó la situación. En 1850 el Papa Pío IX publicó una Bula con la que constituyó a Inglaterra en provincia eclesiástica de la Iglesia Católica Romana. Se nombró un ar­zobispo de Westminster y 12 Obispos auxiliares para su administración.

 

La reacción ante este acto del Papa ocasionó un furor de indignación por toda Inglaterra. Tan grande fue el estallido que el Primer Ministro se sintió obligado a expresar su opinión de la situación en una carta abier­ta al obispo de Durhan. En ella quitaba toda importancia a lo que él llamaba: "El peligro extranjero poco poderoso. No es nada, decía, com­parado con el peligro que tenemos en casa, de algunos indignos hijos de la propia Iglesia de Inglaterra” (Se refería a los tractarinaos).

 

Por tanto la acción del Papa sentó muy mal a los anglo-católicos de Inglaterra. No obstante sobrevivieron a pesar de las adversidades y continuaron en sus creencias.

 

En lo que se refiere al nuevo arzobispo de Westminster debo decir, que a pesar de aquel comienzo, la larga ha contribuido mucho a me­jorar la imagen de la Iglesia Romana en Inglaterra. El miedo a Roma existe, indudablemente, todavía, pera al mismo tiempo existe un gran respeto para el Arzobispo de Westminster, por lo menos para el actual, Cardenal Heenan, que con sus maneras y actitud se ha ganado la admira­ción de muchos ingleses.

 

Volvamos al tema de las innovaciones ceremoniales de los anglo- católicos. Muchos de ellos estaban convencidos de que no habían lleva­do a cabo cambios ilegales en el orden del Servicio. Además pensaban que muchas de las prácticas que hablan introducido, como el usar vesti­duras para la Eucaristía, eran de hecho requeridas por la rúbrica del  ”Libro de Oración Común ” sobre ornamentos. Por lo cual pensaba que todos estaban equivocados menos ellos. A pesar de esta convicción muchos fueron de­nunciados y se pronunciaron contra ellos los tribunales eclesiásticos.

 

Pero sus convicciones eran tan fuertes que se declararon incapaces de cumplir las decisiones de los tribunales. Tenían, desde luego, bastantes motivos para pensar así. La verdad es que la Iglesia de Inglaterra ni tiene tribunales eclesiásticos que satisfagan. El tribunal último de apelación es un Juzgado privado del Reino que está, lógicamente, fuera de la Iglesia. No tiene, por tanto, autoridad espiritual y, por consi­guiente, es difícil considerarle debidamente cualificado para determi­nar casos en que se discutan asuntos teológicos.

 

Llegó un momento en que se produjo la situación, lógica por otra parte, de que los anglo-católicos estaban desobedeciendo abiertamente el reglamento de los tribunales. Mas, cuando a un sacerdote se le ha asignado una parroquia, es muy difícil echarle de ella incluso cuando hay un caso claro contra él. Por esto, en 1874, se hizo un intento de regularizar los servicios de la Iglesia, por medio de un Acta de Parla­mento. Eso significaba que un sacerdote podía ser enviado a prisión por irregularidades en su ministerio. A causa de esto varios sacerdotes anglo-católicos fueron a parar a la cárcel. Pero la gente no ve con buenos ojos que se encarcele a los sacerdotes y, por consiguiente, muy pronto fueron puestos en libertad. Terminaron las persecuciones y puede decirse que los anglo-católicos triunfaron.

 

A pesar del caos, litúrgicamente hablando, que ha reinado en la Iglesia anglicana desde el movimiento de Oxford, la mayoría de los an­glicanos estarían de acuerdo en que la Iglesia, en conjunto, tiene una gran deuda con los anglo-católicos. Gracias a ellos, la Iglesia en general celebra el Servicio Eucarístico mucho más frecuentemente, abunda en experiencias litúrgicas, practica más la confesión "sacramental" y goza del beneficio de más seminarios. Estos y muchos más beneficios de menor importancia hemos recibido de los tractarianos, pero quizás, y sobre todo, nos han hecho pensar de nuevo, sobre la auténtica natura­leza de la Iglesia.