Consecuencias de la Reforma

 

 

Estos cambios de Enrique pronto dieron sus frutos en su vida personal. El nuevo Arzobispo de Canterbury, Thomas Crammer, declaró que el matrimonio de Enrique con Catalina de Aragón no era válido, y la princesa francesa Ana Bolena fue coronada Reina.

  

Parece que el triunfo de Enrique fue muy fácil. ¿A qué se debió? Muchos factores indudablemente contribuyeron a ello. El siglo XVI fue una buena época para la monarquía. La idea del nacionalismo dio al pueblo una conciencia crítica contra las instituciones establecidas. Por fin, y esto sin olvidar y menospreciar su importancia en absoluto, existía un fuerte sentimiento anticlerical en Inglaterra. No obstante, mientras que la mayoría del pueblo inglés aceptaba los cambios, algunos estaban en desacuerdo, y dos importantes personajes perdieron su cabeza como resultado. Uno fue el obispo de Rochester, Juan Fisher, quien rehusó aceptar el "Juramento de Supremacía". El otro, Sir Thomas More, un buen cristiano en todos los aspectos, así como un importante empleado del Gobierno, fue condenado por la misma razón.

 

Mucha gente estaba preocupada por estos cambios de Enrique VIII y hubo algunos clérigos que predicaron contra ellos. Uno de éstos, un tal fraile Brenchley, predicando contra tal estado de cosas, dijo: "Tened cuidado, tenemos estos días muchas leyes nuevas y creo que pronto nos encontraremos con un nuevo Dios". Parece ser que la mayoría de aquellos que se encontraban más intranquilos eran gente sencilla, ese tipo de gente para quien cualquier cambio es malo.

 

Muchos sacerdotes incultos o con poca cultura compartían esta opinión, y un gran porcentaje del clero tenía un nivel cultural muy bajo. Por ejemplo, cuando el Arzobispo de York, Eduard Lee, tuvo que mandar a sus sacerdotes que leyeran una declaración contra el Papa, el Arzobispo declaró que la orden no podría ser cumplida debido a que una gran parte de sacerdotes no sabían leer, y menos de doce, en toda su diócesis, eran capaces de predicar. Y si esto parece malo, existían todavía cosas peores en la Iglesia de Dios. Por ejemplo, Roland Lee, Obispo de Coventry y Lichfield, se encontraba sumamente preocupado, no por tener que predicar contra el Papa, sino simplemente por el hecho de tener que predicar, ya que nunca hasta entonces había subido a un pulpito. Está claro, por tanto, que la Iglesia de Inglaterra se encontraba en una grandísima necesidad de una reforma drástica. Pero el proceso que acompaño las reformas religiosas de los reinados de Eduardo VI e Isabel fue verdaderamente lento. Durante el reinado de Enrique VIII • no tuvieron lugar auténticas reformas, aunque se llevaron a cabo varios cambios de importancia. Uno de éstos fue la supresión de los Monasterios, los cuales no fueron cerrados en Inglaterra por razones religio­sas. Oficialmente se cerraban si se hallaban en estado decadente. Teó­ricamente un monasterio, en el que no se encontraba corrupción moral, no tenía que cerrarse. Sin embargo, desde el momento en que el último monasterio que todavía quedaba abierto, la Abadía de Waltham, se some­tió al Rey, en una fecha tan temprana como 1540, o bien existía una completa corrupción, o el Rey estaba siguiendo otros principios muy distintos de los oficiales. Parece que alguna necesidad de reforma sí que tenían. Pero no hay prueba de que su estado de corrupción llegara al extremo de tener que cerrarlos por ese motivo. Era, por tanto, eviden­te que el Rey estaba utilizando esta excusa de la corrupción para cerrar los monasterios y beneficiar, consecuentemente, al Tesoro Real.

 

La desaparición de los monasterios en Inglaterra es, por tanto, un ac­to vergonzoso, ya que no estaba respaldado por ningún alto principio. No es el mismo caso que en Suiza o en Alemania, donde tal decisión pa­rece haberse tomado por motivaciones religiosas.

 

Por otro lado hay que admitir que el Rey no depositó todo el dinero, conseguido por la desaparición de los monasterios, en su propio bolsillo. Creó pensiones para ex-monjes y ex-monjas. A estas últimas les proporcionó dotes por si querían casarse (¡Posiblemente debido a su afición matrimonial!). Fundó nuevos obispados, como el de Wesminster y Oxford. Abrió nuevos Colegios universitarios, no obstante la Corona inglesa obtuvo unos ingresos de más de 100.000 libras por año de la incautación de los monasterios.

 

La supresión de los monasterios en Inglaterra no constituyó un gran golpe para la Iglesia. Muchos ex-monjes continuaron al servicio de la Iglesia como sacerdotes. Algunos llegaron a ser Obispos. Otros volvieron a la vida seglar. Unos pocos marcharon al extranjero para con­tinuar la vida a la que estaban acostumbrados. Sin embargo la caída monasterial constituyó un gran cambio social en la vida de Inglaterra tan grande, en efecto, que los intentos de la futura reina católico-romana, María Tudor, en su interés de restaurar los monasterios, encon­traron muy poco éxito. Los monasterios, lo mismo que el lazo con Roma, habían desaparecido para siempre, hecho que formó un permanente memorial a la obra de Enrique VIII.

 

En lo que a la Iglesia se refiere, el reinado de Enrique fue importante, pero solamente desde un punto de vista negativo. Se rompió por completo el lazo con Roma. Los monasterios fueron disueltos. Pero no se realizaron auténticas y positivas reformas. La gran tarea refor­madora quedó a cargo de los reinados de Eduardo VI e Isabel, cosa de la que ahora nos ocuparemos.